sábado, 8 de diciembre de 2012

CAMINO CLAROSCURO


Seleccionado para la V SEMANA DE NUEVA NARRATIVA URBANA, CENTRO CULTURAL CHACAO.
© 2011 Harold Mota
Caracas, Venezuela
Todos los derechos reservados
Registro S.A.P.I. N° 9.065 (PUTOS CUENTOS)


Aún cuando todos se quejan día a día de la ciudad, Lázaro la sigue viendo como el lugar perfecto donde siempre ha querido estar. Para él el ruido, el smog y el tráfico se vuelven invisibles ante el policroísmo de avenidas y edificios, gente elegante y sobre todo la imponente belleza del Ávila.

No siempre fue así, no tan agradecido y tan conforme con todo, hubo momentos en donde no encontraba un sitio agradable, todo le molestaba y le parecía tercermundista.

Adiestrar sus sentidos para extraer de cada sitio, momento o persona un lado positivo, inquietante o mágico, le había llevado años de vivencias amargas y difíciles.
           
Una mañana, Lázaro amaneció con ganas de no seguir trabajando en la corrompida e ineficiente oficina  pública donde llevaba casi dos años laborando. Trataba de convencerse a sí mismo de que era el lugar adecuado para cuando obtuviera su preciado titulo. Al mismo tiempo se repetía - faltan dos años más y para entonces ya tendré treinta-. El tiempo era un instrumento caprichoso, que se hacía largo cuando no debía y se acortaba cuando más se le pedía que no lo hiciera.

Ese día decidió tragarse su inconformidad y seguir al insípido ritmo en el que dicho lugar lo sumergía. Se sirvió un café, trabajó como ningún otro día y al finalizar la jornada recibió su pago. Para él eso representaba un analgésico que quincenalmente y de manera momentánea sosegaba su dolor moral. 
Consideraba que gran parte de sus compañeros transitaban por la vida sin ver más allá de sus narices. Nunca entendió porque la gente gastaba la mitad de su pago bebiendo en un bar, tratando de borrar lo imborrable, tratando de crear un falso sentimiento de alegría, el cual terminaba doce horas después de haber empezado. Se preguntaba, ¿vale la pena eso? ¿Es por eso que se parte el lomo tanta gente? Pero sabía que la respuesta era no, se trataba de un cóctel de razones, una guardaba menos raciocinio que la otra.

Quizá era lo que ellos habían aprendido y se suponía que debían hacer, tal vez era lo que todo el mundo hacía, o era el típico comportamiento de quien decide gastar pensando que de igual manera no valdría la pena abstenerse de eso, pues la vida se encargaba de recordarles a diario que de ahí no pasarían, que siempre seguirían siendo los mismos imbéciles que nacieron y morirían pobres, no tendrían por qué execrar uno de sus pocos placeres, la mal llamada “pea” de quince y último.

Esa no era la vida que Lázaro quería, sentía que debía ser distinto, tener metas, surgir, levantarse cada día con un proyecto por concluir y otro por iniciar. A veces pensaba que aspiraba demasiado, y al final seguía siendo el mismo imbécil con la cabeza en las nubes. Pero había días que apostaría su propia vida porque eso no fuese así.

Con un par de billetes encima y un bolso de mochilero lleno de viejos recuerdos y mucha esperanza, desembarcó Lázaro en el Terminal de La Bandera. No sabía a dónde ir, pero sí a donde llegar, probar suerte en Caracas representaba una de las decisiones más alocadas que en mucho tiempo había tomado. Llevaba consigo tres herramientas fundamentales; gallardía, fe y su preciado título de abogado. No quería ser uno más del montón, otro escalón en la escalera de la incompetencia, un peón legal al servicio de un jefe corrupto.

Esa tarde tenía pensado asistir a tres entrevistas, decidió hospedarse en el humilde Hotel ABC de la Avenida Lecuna, una habitación en el último piso, la más alejada, eso le daba una ligera sensación de seguridad y tranquilidad, sabía que debía ser precavido en esa zona. Sacó del bolso sólo lo necesario, uso la pesada plancha que llevaba consigo para engalanar su traje, luego de amarrar su bolso con cadena y candado a la pata de la cama, se marchó.

En el camino le sonreía a cuanta persona veía, empezó a sentir que había dado el primer paso hacia la vida que quería. No le importó el retraso en el Metro ni la incomodidad de su atuendo, sacó un pañuelo, secó su frente y cedió el puesto a una dama que llevaba rato viéndolo con cara de misericordia.

De regreso en la noche, se cruzó con un grupo de trinitenses que estaban reunidos en una esquina, era gente humilde, joven y con un español poco fluido. En el sector El Conde era común ver a afrodescendientes de distintas nacionalidades agrupados en pequeños guetos, Lázaro se decía - vienen de tierras lejanas y han encontrado acá una forma de vida probablemente con muchas más posibilidades que las que tenían en sus países-. No los limitó su idioma, raza o religión, decidieron arriesgarse…

Poca gente se percataría que un vistazo tan corto como ese, dejase tantas imágenes en la mente de un buen observador, pequeños detalles que se iban incluyendo en el nuevo universo del joven, y aún más si estos estaban relacionados con sueños y caminos por descubrir.

Tres días después de haber llegado a la capital, el teléfono de Lázaro sonó anunciando la tan deseada llamada. El doctor Pérez le informaba que el próximo lunes debía apersonarse en su oficina, la cara del joven mostraba una tímida sonrisa gananciosa, a la vez que empuñaba sus manos y se golpeaba la frente.

En los pocos días que llevaba en la ciudad había logrado conocer gran parte de ella, su aspecto neutral lo hacía calar en casi cualquier lugar y circulo social, modestamente arreglado, una conversación fluida y variopinta, además de su porte de deportista que lo hacía ver más joven y recio de lo que realmente era.

En una caminata después de un arduo día de trabajo, tropezó con una hermosa mujer, aparentaba unos cuarenta años e iba vestida con un elegante vestido negro. Ambos se dirigían al telecajero de la esquina, él la miró de arriba a abajo e hizo un pequeño gesto subiendo las cejas, ella permanecía fría e indiferente, tomó su dinero y se marchó al cafetín del frente, él la siguió y observó que estaba sentada sola en una mesa limpiando sus lentes oscuros, lo miró y le dijo: “tráeme un mocaccino sin azúcar y siéntate acá”.

Al joven no le causó mayor impresión aquella actitud, estaba acostumbrado al capricho de las mujeres que creían tener clase.

Café en mano, se dirigió a la mesa, tuvo que hacer un gran esfuerzo por no derramar el mocaccino ante el morbo que le causaba aquella bella mujer, ahora sonriente y abierta a entablar una conversación. Ella le había propuesto unirse a su agencia de acompañantes, o como ella los llamaba “scorts”. Llevaba años al mando de una agencia de prostitución de alto nivel, complaciendo las fantasías y excentricidades de ejecutivas y gente del highclass de Caracas, sólo en lujosos domicilios y hoteles cinco estrellas.

Él la miró sin mostrar asombro alguno, había leído y escuchado de hombres que hacían esa clase de trabajo, de hecho le resultaba tentador pues muchas de sus amantes lo calificaban como un “depredador perfecto”. Aunque llevaba dos meses trabajando en una de las más prestigiosas firmas de abogados del Jet Set capitalino, y había logrado residenciarse en una cómoda habitación de la Avenida Francisco de Miranda, sentía que para el nivel de vida que deseaba necesitaría más dinero, la elegante mujer le había puesto en bandeja de plata una jugosa oportunidad difícil de desperdiciar.

 Podía ganar hasta 200 dólares por cliente, sólo tenía que fornicar noche tras noche, sin reparar en el aspecto físico de la selecta clientela que Floralícia tenía en su poder.

La noche siguiente,  Floralícia lo citó en un prestigioso restaurante de la Calle París, él llevó uno de los trajes que usaba para el trabajo, se rasuró ligeramente y se roció perfume en una tienda que estaba a un par de cuadras y en donde las vendedoras cómplicemente le hicieron el favor.

Al entrar, observó que su nueva jefa se encontraba en una mesa acompañada de una pareja, una mujer blanca de unos treinta años y un hombre que la doblaba en edad. Se sentó, le ofrecieron una copa de vino blanco y charlaron algunos minutos, el servicio había sido cuadrado en su ausencia, Floralícia le entregó un maletín y se marchó.

La pareja le pidió a Lázaro que abriera el maletín, al abrirlo los tres soltaron una carcajada. Todo estaba perfectamente ordenado, una docena de preservativos, algunos lubricantes, juguetes sexuales y cuatro billetes de 50 dólares. Se subieron en un lujoso auto y se fueron a una suite, no antes de que Lázaro habilidosamente enviara un mensaje de texto a su hermano con los datos del vehículo; Maserati, color negro, placas GBW 64Z. 

Jamás se le hubiera ocurrido al joven que sería precisamente él el regalo de cumpleaños de la joven argentina, en un amplio sillón ubicado en el centro de la habitación, la joven se recostó desnuda, dejando al descubierto su despampanante figura, su esposo se hallaba sentado en el bar a unos pocos metros fumando marihuana, se dirigió a Lázaro y le dijo de manera sobria: “hazle todo lo que ella te pida y hazte la idea de que yo no estoy aquí”.

 Obedientemente se puso cómodo y disfrutó su primera faena sexual, no hubo más palabras, sólo lenguaje corporal y hormonas trabajando de manera entrelazada a un ritmo perfecto.

Dos horas después recibió una llamada de Floralícia, ella le dijo: “baja, te estoy esperando en el hall de hotel, te llevaré a tu casa”. Se despidió como si nadie recordara lo ocurrido, salió del edificio y se subió en el auto. La piloto le guiño el ojo y entre tantas cosas le recalcó tres reglas:

1.                        1. Cuando estés con una cliente hazle sentir que realmente la deseas, métete en el personaje e imagina que es la mujer con quien mejor hallas hecho el sexo. Al terminar olvida lo ocurrido, si la vez en la calle salúdala sólo si ella lo hace.

2.                        2. Nunca le des tu número telefónico a nadie, conversa de cosas triviales nada personal y no tomes lo que no te pertenezca.

3.                     3. A partir de hoy, para mí y para todas las personas relacionadas con este trabajo, te llamarás Santiago. El resto es tacto, observación y sentido común, sé que eres un tipo inteligente, además de simpático.

Había abierto una puerta que lo llevó a los círculos más cerrados de la ciudad, lujosos hoteles, vinos y whiskys hasta más no poder, mujeres hermosas, carros importados y políticos influyentes – casi todos impotentes-.

La doble vida de Lázaro, lo sumergía en un abismo de frivolidades y materialismo, cosa que empezaba a incomodarle. Se sentía preso en un mundo lascivo y falso.

Fueron muchas las experiencias que le toco vivir, mujeres ninfómanas, parejas exageradamente liberales, damas que no concebían un orgasmo sin estar bajo los efectos de las drogas, hasta había actuado como psicólogo para aquellas mujeres que no sólo buscaban sexo, si no compañía y atención, pues muchas de ellas se encontraban hundidas en la soledad de sus pequeños palacios.

Había muchos asuntos que empezaban a salírsele de las manos, mujeres que se habían enamorado de él y le pagaban noches enteras para disfrutar de su compañía. En ocasiones llegaba a su oficina, somnoliento y ojeroso, hasta el más viril de los seres flaqueaba en circunstancias como aquellas, su cuerpo y su mente empezaban a pasarle facturas a causa de los excesos.

¿Y ahora qué hago? Se preguntaba Lázaro con la manos en la cabeza, aunque ganaba mucho dinero en su trabajo nocturno, empezaba a sentir que era hora de retirarse. Al mismo tiempo se daba cuenta que había avanzado muy poco en la firma de abogados, mientras sus compañeros se encargaban de grandes casos y se les notaba las ganas de trabajar y aprender, él iba en declive y sólo hacía cosas tontas que no exigían mayor responsabilidad.

Tenía algo a su favor, buenos contactos. Había sido amante de mujeres importantes y empresarias exitosas, muchas se habían vuelto íntimas amigas de él, paradójicamente le recomendaban tomar una vida más estable, alejado de todo aquel circo carnal, siempre terminaban con la misma frase: “cuando decidas hacerlo, no te olvides de mí”.

En una convención que congregaba a los grandes bufetes de la ciudad, Lázaro presenció uno de los incidentes a los que la gente como él no estaban exento. Sentado en una mesa almorzando con sus colegas y jefes, una voluptuosa dama se le acerca en tono excéntrico y le dice: “Santiago mi amor, ¿dónde has estado? Que bello estás”. La cara del joven quedó en asombro por unos escasos segundos, inmediatamente se levantó de la mesa, la abrazó y sonrientemente la llevó a un sitio apartado. Pocos entendieron el incidente, y Lázaro no tenía la mínima intención de aclararlo, muchos sabían de la fama de galán de la que gozaba.

Luego de cumplir un año en la empresa obtuvo sus bien merecidas vacaciones, era el momento preciso para cerrar el círculo de la prostitución, quería pasar dos semanas en las Islas del Caribe y al regresar, cambiar su número telefónico y olvidarse de las tentaciones que Floralícia ponía en sus manos.

La noche antes del viaje, quiso cerrar con broche de oro, aceptó sólo la invitación de una reconocida periodista que él consideraba la más sexy de sus clientes. Tomaron un par de botellas de vino, jugaron en el jacuzzi, y a las 3:00 AM partió a su casa, pues cinco horas más tarde salía su vuelo a Curazao.

Al llegar al aeropuerto, Lázaro tomo su teléfono, ya había extraído del directorio sólo los números que le interesaban, y lo lanzó a la basura. Pasó por todos los controles que amerita una salida al exterior y se sentó a esperar el abordaje del avión.

Minutos más tarde, fue sorprendido por un contingente policial que rápidamente lo abordó y lo sacó esposado…

La reconocida periodista había muerto en su Loft. El personal de seguridad del edificio había señalado a Lázaro como la última persona que había estado junto a ella, información que fue confirmanda por la mejor amiga de la occisa.

Lázaro no tenía ni idea de lo ocurrido, nunca había estado relacionado con problemas legales y estaba desconcertado. Todo apuntaba a él, las huellas, las muestras de semen en la bañera y una foto de él desnudo que la víctima había tomado con su celular.

Por tratarse de una figura pública el incidente salió a la palestra nacional. En menos de 48 horas había perdido su trabajo, su domicilio y la confianza de mucha gente. Era obligado a dar repetidas declaraciones sobre un hecho en el que no había participado, se sentía impotente, solo, y con una incontenible rabia que lo hacía delirar.

Eran demasiadas casualidades juntas, pues había sido él quien compartió los últimos momentos con la periodista, a pocas horas de lo ocurrido intentaba salir del país y se había deshecho del teléfono con dispositivo GPS que le había regalado Floralícia.

Si bien era abogado, la parte penal no era su especialidad, desconocía gran parte de las aristas del caso, y aunque la justicia no era precisamente lo que más identificaba a la ciudad, se encontraba bajo la agravante de que se trataba de una mujer muy conocida, hermana de un importante político.

Había estrictas órdenes de hundirlo en la cárcel, y los organismos de seguridad cumplían a cabalidad los deseos del ministro. Aún así, un mes después de su detención y tras haberle realizado infinidad de exámenes forenses a la occisa. Fue dejado en libertad.

La mujer había perecido ahogada en su jacuzzi a causa de una sobredosis de cocaína, no había manera de inculpar al joven, pues había ocurrido tres horas después que las cámaras de seguridad reflejaran su salida. Al mismo tiempo, la madre de la periodista quiso involucrarse en el caso, conocía lo enamorada que estaba su hija del prostituto, y reconoció el avanzado nivel de dependencia que poseía su hija a las drogas, y era la compañía de Lázaro precisamente lo que calmaba su ansiedad.

Al salir de aquel sitio fue recibido por Floralícia, estaba demacrado y barbudo. Lo peor del caso es que su dignidad y reputación habían sido ensuciadas. No tenía donde vivir, sólo poseía algunas pocas cosas que la conserje del edificio pudo obtener de la prejuiciosa mujer que le alquilaba la habitación. Para su suerte había ahorrado una cantidad de dinero considerable, unos 50.000 dólares.

Durante el tiempo que estuvo en cautiverio, el joven había reflexionado día y noche sobre la vida que debía llevar después de su salida, no tenía ni la más remota idea del tiempo que permanecería allí y existía una gran posibilidad de ser juzgado y trasladado a un sitio peor, pensamientos negativos que se fueron desvaneciendo al recibir la noticia de su salida. Quería un negocio propio, lejos del facilismo y del mundo de lo prohibido.

Floralícia también se vio afectaba con lo ocurrido, su agencia estaba bajo la sombra del escándalo de la muerte de la periodista. Ya nadie solicitaba sus servicios, las falsas amistades que la rodeaban le dieron la espalda, no querían verse involucrados en ninguno de sus asuntos.

Luego de un par de meses conviviendo juntos, Floralícia y Lázaro habían decidido permanecer en Caracas, poco les importaba los estragos de su pasado. Habían aprendido lo suficiente del lado oscuro de la ciudad, la intimidad les mostraba sus lados afables, sus fortalezas y sus ganas de vivir. Nunca se hubieran imaginado que emprenderían una vida juntos, digna, bajo la estabilidad su nuevo proyecto, guiado por su intuición animal; una clínica veterinaria. 

miércoles, 18 de abril de 2012

MENUDA COINCIDENCIA


Genero: Obra de teatro
© 2011 Harold Mota
Caracas, Venezuela
Todos los derechos reservados
Registro S.A.P.I. Nº: 9.064


PERSONAJES: F (3); M (2)
Jacinta
Rómulo
Rolando
Priscila
Aurora


  

ÚNICO ACTO

Todo transcurre en el comedor de la casa de los Branger. Un par de sillones se ubican en los extremos, mientras una mesa grande con seis sillas se sitúa al centro. Priscila se halla sentada en un sillón y conversa con Aurora, quien se encuentra colocando en la mesa un mantel rojo con motivos navideños y un florero.


AURORA: Sí, ya sé. Me lo has dicho mil veces, tengo que hacer dieta. Pero no es fácil con este sueldito que tengo…y tú bien sabes que para hacer dieta hay que tener plata, este lunes comienzo.

PRISCILA: (Incrédula) Si claro…el próximo lunes.

AURORA: Cambiemos el tema… por cierto, ¿qué dijo tu cuñada de los regalos? No me echaste el cuento completo.

PRISCILA: (Aclarando) Nuestra cuñada… lo de siempre, dijo lo de siempre. Que el de Joseíto no se veía tan bien como el de Camila, pero que igual gracias… después le vio el precio, que de estúpida le dejé y se le alegro la cara.

AURORA: Francamente, hay días que es tan materialista, ¿qué van a saber esos niños de precios y marcas?...Con que les guste y aguanten golpes está bien…lo demás son tonterías que a la gente se le meten en la cabeza.

PRISCILA: (Resignada) Lo mismo pienso yo, pero como una es la doctora, la que tiene plata, la que no tiene hijos… (Suspira) Le toca botarse con los regalos.

AURORA: Yo les compre una cosa sencillita, me parece una ridiculez dejar la mitad de las utilidades comprándole a Camila un regalo carísimo…eso no me hace mejor madre.

PRISCILA: (Esquiva) Es así… hablando de regalos, ¿por fin mi mamá le compró el regalo a la hija de los vecinos?

AURORA: Si vale, una muñeca bien bonita… hasta barata le salió. Pobrecita esa niña, no es posible que siendo hija única, nunca le compren nada en navidad.

PRISCILA: (Sorprendida) ¿Nunca?

AURORA: Jamás…el papá y la mamá son igual de tranquilos… y eso que la alcaldía les da ayuda social, aparte de la casa que prácticamente se la regalaron.  

PRISCILA: ¿Y qué hacen con el dinero?

AURORA: Ah bueno, ella se va a la peluquería y gasta un realero, él se compra par de cajas de cerveza y se sientan en la puerta a escuchar su vallenato.

PRISCILA: (Indignada) ¿Siempre?

AURORA: Todos los quince y último. Y mi mamá que los tiene mal acostumbrados, claro, ellos saben que todos los años ella les cuadra el regalo.

PRISCILA: ¡Que gentecita!… Al fin al cabo, ¿qué culpa tiene esa niña?

AURORA: Sí es una lástima.
  
(Entra Rolando.)

ROLANDO: ¿Y qué tanta gente viene? En la cocina hay comida como para un mes.

PRISCILA: ¡Gracias a Dios!

AURORA: No vale, casi nadieviene la abuela, dos amigos de mi papá y con nosotros… (Saca la cuenta con los dedos) somos doce… metiendo a los niños.

ROLANDO: ¿Y los vecinos vienen?

AURORA: Ni quiera Dios… (Priscila lanza una carcajada) ¿Para qué?... ellos mandan a la niña y listo, además aquí no escuchamos vallenatos.

PRISCILA: ¿Ah no?… ¿Qué era eso que estabas escuchando el día que terminaste con Gerónimo? No era precisamente La Quinta Sinfonía de Beethoven.

(Rolando ríe.)

AURORA: ¡Que memoria!... ese era un CD viejo que papá tenía arrumado.

ROLANDO: (Riendo aún) Y lo escuchaste hasta que se ralló la última canción… (A Priscila) ¿Tú te imaginas que se aparezca Gerónimo hoy? 

AURORA: ¡No vuelvas a nombrar a ese señor hoy 31 de Diciembre que eso es pavoso!... mejor me voy a darme mi baño con destrancadera.

PRISCILA: ¡No olvides la pantaleta!

AURORA: Lo que sea para anular esas malas energías, el año que viene va a ser un año de luz, así lo decreto.

ROLANDO: ¡Habrase visto!

(Sale Aurora arrastrando los pies y entra Jacinta con ropa elegante.)

JACINTA: (A Aurora) Levanta los pies que te pareces a Doña Francisca… (A Priscila) ¿Cómo me veo?

ROLANDO: (Comiendo una manzana) Bien… siempre te ves bien.

JACINTA: ¡Tan bello!

PRISCILA: ¡Viste que se te ven bellos los zapatos!

ROLANDO: (A Jacinta) Esos zapatos yo los veo bien altos. Camina para allá para verte bien (Jacinta camina)… quítate eso mamá, pareces una lora en plancha e’ zinc.

PRISCILA: (A Jacinta) Mamá no le hagas caso, qué va a saber él de eso… (A Rolando) No se los va a quitar, esos zapatos se los regalé yo.

JACINTA: (A Priscila) Yo te dije que estaban muy altos… con dos copas que me tome me voy a ir de boca.

ROLANDO: ¡Viste que tengo razón! (A Priscila) Qué manía la tuya de ponerle a mamá cosas incomodas… si ella no los siente bien, debería quitárselos.

PRISCILA: (A Rolando, molesta) Que ella decida… yo me voy a la cocina a ver si hace falta algo.

(Se escuchan unos gritos de Rómulo.)

RÓMULO: (Gritando, aún fuera de escena) ¡Jacinta!… ¿Dónde está mi camisa negra?

PRISCILA: Amarren a su loco.

(Sale Priscila y echa una mirada de rabia a Rómulo que viene entrando apurando el paso.)

RÓMULO: (Molesto) No consigo mi camisa negra.

JACINTA: (Afable) Tu me dijiste que te planchara la amarilla y esa fue la que te planché… la otra está arrugada.

ROLANDO: (A Rómulo) Deja el escándalo…es verdad, yo escuché cuando le decías que era la amarilla la que ibas a usar.

RÓMULO: (Molesto) Sí, pero resulta que Aurora se va a vestir de amarillo de pies a cabeza y mi mamá me acaba de llamar diciéndome que se iba a poner la blusa amarilla que yo le regalé… vamos a parecer “Los Panchos”.

ROLANDO: (A Rómulo) Hasta donde yo sé, la blusa amarilla de la abuela la compró Priscila.

JACINTA: (A Rómulo) Eso ya es asunto tuyo. Usted me dijo la amarilla y esa fue la que le planché. Además tienes toda la vida sabiendo que todo el mundo en año nuevo usa ese color.

RÓMULO: (A Jacinta) Yo no sé como vas a hacer pero yo no me voy a poner esa camisa.

JACINTA: (Esquiva) Yo tampoco sé.

ROLANDO: (A Rómulo, molesto) ¿Vas a seguir con esa necedad?, en qué cabeza cabe que mi mamá a está hora va a estar planchado camisa… ¿no ves que ya se vistió?

RÓMULO: Ultimadamente no me quiero poner la maldita camisa amarilla.

ROLANDO: (Molesto, autocontrolado) Ponte la que quieras pero la planchas tú.

JACINTA: ¡Hijo por favor no empiecen!

ROLANDO: Pero si es él.

(Rómulo mira a ambos con incontenible rabia, y repentinamente sale de la sala pateando una silla.)

ROLANDO: Que manía la de mi papá de echar a perder siempre la fiesta… todos los años es lo mismo.

JACINTA: Déjalo hijo…eso debe ser la úlcera.

ROLANDO: (Incrédulo) ¡La úlcera!… Ese está armando show para tener una excusa e irse… y luego llega bien tomado a las once y media… la úlcera. Yo te voy a decir algo, si se llega a poner insoportable, no respondo. No es posible que uno no pueda pasar una navidad tranquilo. Todo el año entre un problema y otro, para que venga el a jodernos el día, no me calo. No me la calo.

JACINTA: Es tu padre, ¿qué le vamos a hacer?

ROLANDO: Me molesta su actitud… siempre te trata como a un perol. Es más, si esto va a seguir así, el año que viene alquilamos en algún lado, nos vamos de viaje o no sé… pero lo dejamos aquí, que él vea que es mejor.

JACINTA: (Esquiva) ¿Y tú no te vas a cambiar?... Ponte el traje gris.

ROLANDO: Sí ese mismo, a Corina también le gustó.

(Entra Priscila.)

PRISCILA: ¿Y que le pasa a aquél? Entró a la cocina tirando las cosas.

ROLANDO: La andropausia en su máxima expresión…

JACINTA: ¡Rolando por Dios!

PRISCILA: Mamá tu siempre defendiéndolo, no puede ser que yo venga a ésta casa dos veces al año y nunca falta una pataleta de aquél… ¿qué le cuesta ser gente una vez al año? ¿Qué le cuesta?

ROLANDO: Por lo menos tu vives en Bogotá y casi ni lo vez, pero Aurora que vive aquí, tiene que calárselo día y noche.

PRISCILA: Aurora es un caso especial.

JACINTA: Hablemos de otra cosa. Ya tu abuela debe estar por llegar… que lindo los gorritos que Corina les compró a los niños.

ROLANDO: (Sorprendido) ¡Se me había olvidado ir a buscar a Corina!

PRISCILA: (Insidiosa) ¿Y dónde está?

ROLANDO: Comprándole unas cosas a los niños…luces de bengala.

(Sale Rolando.)

PRISCILA: (Resignada) ¡Corina la cuñadita!

JACINTA: Es la esposa de tu hermano y hay que quererla.

PRISCILA: Si acaso respetarla, no me pidas más... ¡qué rápido se te olvido lo de los cachos!

JACINTA: Chismes de la gente… además las dos sabemos que Rolando no es ningún santo.

PRISCILA: No es igual.

JACINTA: Eso ya es asunto de pareja, nada tenemos nosotras que opinar ahí…ahora cuéntame ¿cómo te va en Bogotá? No hemos tenido tiempo de hablar bien, ¿mucho frío por allá?

PRISCILA: A veces mamá, no siempre.

JACINTA: Si no fuera por el pavor que le tengo a los aviones me iría unos días contigo.

PRISCILA: Te puedes ir en bus… son como dos días.

JACINTA: ¡Dos días! Eso es demasiado… llegaría muerta.

(Entra Aurora con un atuendo completamente amarillo, Jacinta y Priscila se miran y lanzan una risa disimulada.)

PRISCILA: (Cortés) ¡Hay pero que bella!

JACINTA: Aurora, hija ponte algo negro… un cinturón, unos zarcillos… no sé, así pareces un araguaney.

AURORA: Esto es para alejar la pava y atraer todo lo bueno… ¿dime si no me veo espectacular?

(Se da la vuelta)

PRISCILA: (Sonriente) Si mi amor, bella como tú sola.

AURORA: ¿Cuál era el escándalo que había hace rato?

JACINTA: Nada… tonterías.

PRISCILA: Mi papá y sus arranques de locura de fin de año.

JACINTA: ¿Priscila vas a seguir con lo mismo?

PRISCILA: Pero si es la verdad.

JACINTA: Me voy a secar  las copas y buscar la bandeja para las avellanas.

AURORA: ¿Para qué mamá?... Nadie se come eso.

JACINTA: No importa, se ven bien en la mesa… además atraen las buenas energías.

(Sale Jacinta.)

AURORA: Hay días que me da pesar con mi mamá, siempre queriendo contenerlo todo, tapando las grietas de la casa. A veces pienso que un día va a explotar y nos dejará.

PRISCILA: También pienso lo mismo, ¡que paciente!

AURORA: ¡Es única!

PRISCILA: Eso se llama, saber querer.

AURORA: El día que mamá falte… esta casa se viene abajo.

PRISCILA: No quiero ni pensarlo.

AURORA: Mejor ni hablemos de eso…

PRISCILA: Sabes que he estado llamando a Cristina y no me atiende.


AURORA: Mi amor, hoy se ponen las líneas insoportablemente abarrotadas.

PRISCILA: ¿Pero desde las tres de la tarde?

AURORA: ¡Si señorita!... Además las llamadas al exterior se ponen peor… ¿ya le dijiste a mamá que Cristina viene la próxima semana?

PRISCILA: (Nerviosa) No me atrevo… yo se que ella sabe o se imagina… a decir verdad, no me atrevo.

AURORA: ¿Se imagina qué?

PRISCILA: Bueno… lo de nosotras.

AURORA: Por favor, ¿de dónde sacas eso? Esa es más despistada.

PRISCILA: No creo, cuando llegué me dijo tenía la cara triste… le dije que era el cansancio del viaje.

AURORA: Eso no quiere decir que sepa, ¡por Dios!

PRISCILA: ¿Y cuando Cristina venga?

AURORA: Esperemos entonces que llegué. No vale la pena que te mortifiques antes.

(Entra Rolando vestido con un elegante traje gris, dos botellas de champagne en una mano y tres copas en la otra.)

 AURORA: ¡Ya éste se va a emborrachar antes de tiempo!

(Rolando destapa una botella)

PRISCILA: (A Rolando) Pon música y sírveme ya… estoy aburrida.

(Rolando coloca la canción “Vampiro” del Grupo Barranco.)

ROLANDO y PRISCILA: (Cantando abrazados) Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro. Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro. Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro. Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro.

(Aurora se pone a bailar.)

AURORA: (Cantando) Yo soy como los vampiros que salgo al anochecer, porque en la noche me inspiro y me llevo a una mujer. Yo soy como los vampiros que salgo al anochecer por que en la noche me inspiro y me llevo a una mujer.

AURORA y PRISCILA: (Cantando abrazadas) Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro. Vampiro, vampiro, me chupa el vampiro…
           
ROLANDO: Vamos a cantar ahora esta.

PRISCILA: Si eres necio no la cambies.

(Rolando cambia la canción y coloca ahora  “Hace un mes” del mismo grupo.)

AURORA: (A Rolando) Precisamente vas a poner esa canción.

ROLANDO: ¿Y que tiene esa canción ahora? Hace tres años cuando estabas de novia de Gerónimo la bailaban toda la noche… y había que calársela.

AURORA: Y dale con ese señor. Hazme el favor y quitas esa canción.

PRISCILA: No importa Aurora, déjala.

ROLANDO: ¿Ahora que hice?

PRISCILA: Nada, fue una casualidad. Una de esas coincidencias menudas que te echan a perder el cuerpo.

AURORA: Por si no lo sabes Cristina terminó con Priscila precisamente hace un mes.

ROLANDO: ¿Qué voy a saber yo de historias de amor de cachaperas?

PRISCILA: (A Rolando) No empieces con tu sarcasmo… te he dicho que se dice lesbianas, no cachaperas ni camioneras.

ROLANDO: La misma vaina es… pura semántica.

AURORA: Adelanta esa canción y te quedas como en la cédula.

ROLANDO: Si me contaran un poquito más de sus cosas, no pasara esto.

PRISCILA: (A Rolando) No había tenido tiempo de contarte bien…pero es así…Cristina me dejó por otra más alta y con los senos más grandes que yo.

ROLANDO: (Bromista) Eso tiene solución… te pones lo zapatos que le compraste a mamá y te operas las tetas.

AURORA: (A Rolando, extrañada) ¿Qué zapatos?... (A Priscila) Tú eres más bella, más joven y ganas más que Cristina, ella se lo pierde. Te puedo asegurar que unas tallas más no son motivo para terminar una relación.

(Rolando sirve tres copas y entrega una a cada una.)

PRISCILA: (Llorosa, se toma la copa de un solo trago) Rolando sírveme más.

ROLANDO: ¡Y luego dicen que el borracho soy yo!

AURORA: ¿Priscila vas a llorar por esa tipa?... De verdad no entiendo como tiene las santas bolas de venir a Caracas y quedarse en esta casa…hay que ser bien cara dura.

(Rolando le entrega la copa llena a Priscila.)

ROLANDO: ¿Que Cristina viene a Caracas? ¿Para qué?

PRISCILA: No sé, ayer hablé con ella y me dijo que la próxima semana debía tramitar unas cosas acá… me pidió el favor de que la alojara.

ROLANDO: ¿Por qué no se quedar en un hotel? ¿O acaso viene a pedir cacao?

AURORA: Eso lo pudo haber hecho por teléfono.

ROLANDO: Yo siempre lo he dicho: “toda negra pelo liso, tiene su mala intención.”

AURORA: No siempre.

ROLANDO: A las pruebas me remito.

AURORA: ¡Y pensar que el año pasado recibió el año con nosotros!

(Priscila se tapa la cara y empieza a llorar.)

ROLANDO: A pues… mejor dejan el champagne para más tarde… no quiero peas lloronas tan temprano.

(Aurora le acaricia el cabello a Priscila. Entra Jacinta y coloca unas bandejas en la mesa.)

JACINTA: ¿Qué pasa aquí?... ¿Priscila estás bien?

AURORA: Nada… que el año se va y la gente le da nostalgia.

ROLANDO: Sí… y a mí me dejó la misma suegra de mierda que llevo años aguantando.

AURORA: Te escuchara Corina.

JACINTA: Por cierto, ahora que nombras a Corina ¿son ideas mías o el vestido que carga Corina es igualito a que usó Cristina el año pasado? Cuando salió la vi, y estaba por comentarles.

AURORA: Ideas tuyas.

ROLANDO: Ni cuenta me había dado.

JACINTA: ¿Entonces Priscila qué es lo que te pasa?

PRISCILA: Nada mamá.

JACINTA: ¿Cómo que nada?

AURORA: No pasa nada mamá.

JACINTA: La gente no llora por nada, ¿no me piensas contar?... ¿O acaso la distancia te ha hecho perder la confianza en mí?

(Silencio absoluto)

PRISCILA: (Aún llorosa) ¡Mamá Cristina me dejó!

(Aurora y Rolando quedan mudos y se observan asombrados ante aquella confesión.)

JACINTA: (A Rolando y Aurora) ¿Ustedes para que se ponen a beber tan temprano?... (A Priscila, pausada) Hija quédate quieta que por ahí viene tu papá y se puede dar cuenta… lo de tu amiga Cristina lo hablamos otro día.

ROLANDO: Yo mejor quito ese CD.

AURORA: Busca el de los villancicos para cuando lleguen los niños.

JACINTA: (A Priscila) Seguro es el cambio de clima que te pone así.

ROLANDO: ¡Ahora le llaman cambio de clima!...Cuando todo el mundo decía que Corina me había puesto los cachos, entonces ahí si era guayabo.

AURORA y JACINTA: ¡Rolando cállate!

PRISCILA: (Calmada) Discúlpame mamá, pero tenía que decirlo.

JACINTA: Tranquila…eso pasa.

PRISCILA: Que pena con ustedes.

AURORA: Estamos en familia… se te corrió el maquillaje.

PRISCILA: Voy al cuarto a retocarme.

JACINTA: ¿Te acompaño hija?

PRISCILA: No, gracias voy sola… estaré bien.

(Sale Priscila.)

JACINTA: Ni una palabra de esto a Corina, los problemas de la casa, en la casa y con la gente de la casa se discuten.

ROLANDO: Díselo a Aurora.

AURORA: Si porque fui yo la que le contó a todo el mundo, que habíamos hipotecado la casa.

JACINTA: ¿Quién es todo el mundo? ¿A quién le contaste Rolando?

ROLANDO: A nadie mamá.

AURORA: A Corina y a la abuela, pequeño detalle. Eso es como si le hubiera contado a los de la prensa.

JACINTA: (A Rolando) ¿Qué te he dicho?... Los trapos sucios se lavan en la casa… además ni Corina, ni la abuela, van a ayudar con el pago de la hipoteca.

AURORA: Lo mismo pienso yo… de igual forma papá va a pagar la deuda en tres meses.

ROLANDO: ¿De dónde va a sacar plata ese señor para pagar eso?... Deberíamos contarle a Priscila, ella sí es de la casa y podría ayudar.

JACINTA: ¿Para qué? Priscila hace seis años que vive en afuera y no tenemos porque preocuparla con nuestros problemas… bastante tiene ella con su lió amoroso.

AURORA: Algún día se enterará… quizá para el año entrante se encuentre con la sorpresa de que no tenemos casa. Y créeme que eso jamás nos lo perdonará.

JACINTA: No hables así, no parecen cosas tuyas, ¿qué pasó con lo de pregonar las buenas energías y todo eso?

AURORA: (Obediente) Está bien, hay que decretar que todo saldrá bien.

JACINTA: Eso me gusta más.

ROLANDO: Esperamos que el día llegue y punto… ¿mamá y te quedaste con esos zapatos?

AURORA: Ah… esos son los fulanos zapatos. Pero a mí me gustan.

JACINTA: A mí también… aunque son muy altos, pero me da pena quitármelos, Priscila me los dio con tanto cariño.

ROLANDO: Cuando se descuide te los quitas… te hubieras visto como venías con esas bandejas, parecías un zanquero de Sabana Grande.

(Aurora y Jacinta lanzan una carcajada.)

AURORA: Tanto así no… que exagerado eres (A Jacinta) Lo que sí te digo es que no te vayas a poner a beber tanto, prudencia.

JACINTA: Dejen la mortificación que yo voy a lucir mis zapatos con elegancia… si me paso de tragos para eso están las paredes y las sillas.

ROLANDO: (Riendo) Y el paraguas.

AURORA: (Riendo) Que cómico lo del día del paraguas, ese fue el mejor día de todos.

JACINTA: El mejor de todos porque fui yo la que se emborrachó… hubiera sido uno de ustedes dos y no lo contarán con tanta gracia.

ROLANDO: Era para morirse de la risa verte usando ese paraguas de bastón, en pleno verano y a las doce de la noche.

AURORA: Y la abuela gritaba “Jacinta pa’ donde me llevas el paraguas, ni siquiera está lloviendo.”

JACINTA: Yo de la borrachera ni me acuerdo que me decía… yo me hacía la loca y por nada del mundo soltaba ese paraguas.

ROLANDO: Claro, si lo soltabas te venías al suelo.

(Aurora y Rolando ríen por largo rato.)

AURORA: Que cómico, me duele la barriga de tanto reírme.

JACINTA: Ya está bueno… vayan buscando oficio.

ROLANDO: Ya yo hice lo que me tocaba.

AURORA: ¿Que se habrá hecho Priscila?

JACINTA: Anda ver que está haciendo.

ROLANDO: Si anda… no queremos suicidios pasionales a esta hora.

AURORA y JACINTA: ¡Rolando!

(Entra Rómulo, trae puesta la camisa amarilla.)

RÓMULO: ¿Y cuál es el relajo que tienen ustedes?

AURORA: (Circunstancial) Agradecidos de la vida y de las cosas buenas que nos deja el año viejo.

ROLANDO: (Sarcástico) Sí… y hablando de lo bien que se te ve tu camisa amarilla.

JACINTA: (Oliendo a Rómulo) ¿Dejaste perfume para mañana?... Después te quejas porque no tienes.

AURORA: (Aduladora) Más bello mi papi… ¿mira y quienes son esos amigos que vienen?

RÓMULO: Juan y la novia.

JACINTA: (Sorprendida) ¡La novia! ¿Y qué paso con la esposa? Él la trajo aquí el día de tu cumpleaños.

ROLANDO: No le toca mamá… un día una y un día la otra.

RÓMULO: Eso ya es asunto de él.

AURORA: A mí de verdad que me daría mucha pena encontrarme a esa señora en la calle, y me pregunte como recibimos el año nuevo… yo no sabría qué decirle.

JACINTA: (Indignada a Rómulo) Debiste habernos adelantado lo de la noviecita de Juan.

ROLANDO: Mamá no te des mala vida.

RÓMULO: (Esquivo) Voy a salir a comprar unas cosas.

AURORA: ¿A ésta hora?... Si ya la gente ésta por llegar.

RÓMULO: (A Rolando) Préstame algo de plata… me quedé sin efectivo.

ROLANDO: Lo poco que tenía se lo di a Corina.

AURORA: (A Rolando) ¿Tú no saliste a buscarla?

ROLANDO: La llamé y me dijo que se viene sola.

(Pausa incomoda)

RÓMULO: (A Jacinta y Aurora) ¿Ustedes no tienen?

AURORA: De verdad no tengo.

JACINTA: Yo tampoco… si me hubieses avisado temprano.

RÓMULO: Yo que nunca les pido nada y cuando lo hago todo me lo niegan.

ROLANDO: ¿Qué culpa tenemos nosotros de no tener plata? Además, ¿quién te manda a planear compras con plata ajena?

JACINTA: ¿Y cuál es la urgencia?

AURORA: Papá pregúntale a Priscila, ella debe tener.

RÓMULO: Aquí todo el mundo opina y nadie resuelve.

ROLANDO: Empezando por ti… y mejor lo dejamos hasta aquí, no estoy de ánimo para discusiones.

JACINTA: Rómulo no vayas a empezar… ve y resuelve tu urgencia… sabrá Dios que favor le debes a Juan como para que traigas a esa mujer a ésta casa.

AURORA: Mamá obviemos lo de esa mujer, capaz y a Juan se le caen los planes.

ROLANDO: (Irónico) ¡Juan!... Sólo lo vemos cuando hay fiesta, whisky y comida. Cuando la cosa está fea ni se aparece. ¿O se les olvida que fue el primero que nos dio la espalda cuando le pedimos que nos ayudara con lo de la hipoteca?

AURORA: ¡Dios mío ya van a empezar!

JACINTA: ¡Rolando ya por favor!… Dejemos lo de la hipoteca a un lado, no quisiera que Priscila nos escuchara.

RÓMULO: (A Rolando) ¿Tenías una mejor idea para salir de la deuda? ¿O se te olvida que hasta hace poco vivían tú y tu esposa arrimados aquí?

JACINTA: ¡Por los clavos de Cristo!

ROLANDO: Es verdad… y bastante que nos amargaste la vida.

AURORA: Si van a seguir, me voy.

RÓMULO: (A Rolando) Que muchacho tan mal agradecido… aparte de inútil, mal agradecido.

JACINTA: ¡Ya basta, por favor! No consiguieron otro momento para discutir.

ROLANDO: Lo inútil, lo herede de ti… mamá voy a estar afuera.

AURORA: Lo hecho, hecho está, no nos amarguen la noche. El año tiene 365 días para quejarse y resolver, hoy sólo nos toca agradecer y disfrutar.

(Rolando sale de la sala conteniendo su ira. En ese momento Rómulo siente un dolor, coloca su mano en el pecho y se sienta.)

AURORA: ¿Papá te sientes bien?... Tienes la cara roja.

JACINTA: ¿Rómulo qué tienes? Aurora busca la pastilla, la cajita que está allí en la mesa… apúrate.

(Aurora trae la caja y saca una de las pastillas.)

RÓMULO: Tranquila que no es nada.

AURORA: Abre bien la boca papá.

JACINTA: ¡El agua! Déjame buscar el agua.

(En la carrera de salida Jacinta choca con Priscila quien venía al comedor)

PRISCILA: ¿Qué pasó mamá?

JACINTA: Nada chica, pásame un vaso de agua rápido.

(Priscila sale e inmediatamente entra con el vaso y las dos corren hasta donde está Rómulo.)

RÓMULO: (Luego de haberse tomado la pastilla) Ya se me pasó, les dije que no era nada.

AURORA: No era nada y parecías un camarón.

PRISCILA: Déjame tomarte el pulso… saca la lengua y levanta los dos brazos.

JACINTA: ¿Priscila será que fue un pre infarto?... Rómulo, Dios quiera y no te de un patatús a esta hora.

AURORA: Ni lo menciones mamá.

PRISCILA: Al parecer no fue nada grave… por lo menos el pulso lo tiene bien. Pero no deberíamos confiarnos. Voy a llamar a la gente de asistencia médica a ver si de aquí a las doce se dignan en venir.

JACINTA: Rómulo vamos a la cama para que te recuestes un rato.

RÓMULO: Pero me quitas la camisa, no vayas a decir después que la arrugué.

(Jacinta levanta a Rómulo y abrazados salen de escena.)

PRISCILA: ¡Qué nochecita!  Y pensar que apenas comienza.

AURORA: Te lo juro que si a mi papá le pasa algo yo me muero… de verdad que me muero.

PRISCILA: Deja de decir locuras, bicho malo no se muere.

AURORA: Tú no cambias Priscila, deja ese rencor… Rolando y tú se la pasan en eso, dejen a mi papá quieto, ya ese señor tiene 60 años.

PRISCILA: Trataré, sólo por hoy me aguantaré.

AURORA: Si él se cuidara y dejara el mal carácter no le darían esas descompensaciones tan seguidas.

PRISCILA: El pez muere por la boca… todo lo que se come y todas las barbaries que dice, lo terminaran matando, de eso no me cabe la menor duda. Yo realmente estoy resignada.

AURORA: Si cumple bien el tratamiento no tendría por qué pasarle nada. La abuela tiene años sufriendo del corazón y ahí está, vivita y coleando.

PRISCILA: ¡Y no llamamos al servicio de asistencia médica! Busca la guía telefónica.

(Aurora va a la mesa y revisa la guía y cuando encuentra el número se la da a Priscila)

AURORA: Dame para hablar yo, me sé el número de la póliza de memoria.

(Priscila marca de su teléfono móvil el número.)

PRISCILA: (En el teléfono) Un momento ya le van a hablar… (Le pasa el teléfono a Aurora.)

AURORA: ¡Que rápido! ¿Sí?... Para pedir un servicio de atención domiciliaria… un presunto infarto…no, a mi no, a mí papá… disculpe, Rómulo Branger, número de póliza 20-11-08-20… la dirección de siempre, allí en el registro debe estar… exactamente… gracias a usted… buenas noches y feliz año.

PRISCILA: Más o menos a esa hora llegarán, cuando estemos dando el feliz año.

AURORA: Sí, se tardan demasiado, pero qué se va a hacer es una de las pólizas más baratas… ¿tú dónde aprendiste de atención médica?

PRISCILA: El pulso lo aprendí a tomar cuando era scout, lo demás lo leí en una de esas tantas cadenas que me envían al correo electrónico.

AURORA: Ya decía yo, una abogada con diplomado en primeros auxilios.

PRISCILA: Si supieras que en Bogotá a la gente que estudia ingeniería les dan clases de teatro.

AURORA: ¿Y eso para qué?

PRISCILA: Vaya usted a saber, seguramente para engordar el pensum.

AURORA: Cierto, yo vi una materia ridiculísima donde le enseñaban a uno a dibujar marcianos, ni me acuerdo como se llamaban… dos horas perdidas, así le decían.

(Priscila se ríe)

PRISCILA: Con razón te gustó Gerónimo, es igualito a E.T.

AURORA: Si eres necia.

PRISCILA: Voy a pensar que es sólo una pequeña coincidencia.

AURORA: Quizás.

(Entra Jacinta)

AURORA: ¿Cómo sigue papá?

JACINTA: Mejor… ¡que susto! Ahí está instaladísimo hablando por el celular con Juan.

AURORA: Esa es una buena señal.

PRISCILA: Mamá no comenten nada cuando venga la abuela, sabes cómo se pone… por cierto, bien raro que no ha llegado.

JACINTA: Llamó hace rato, está donde tu tía Octavia, en un rato la traen.

AURORA: Parece mentira que la tía Octavia viva a menos de cuatro cuadras y nunca nos visite.

PRISCILA: Ni nosotros a ella, debe ser porque es insoportable, tan sencillo como eso.

JACINTA: Desde el día que se caso Rolando y no la invitamos a la boda, nos hizo la cruz.

AURORA: Y para colmo ese día llamó y me pidió que le pasara a Rolando, él me hizo señas de que no se la pasara. Tuve que actuar y decirle “tía saludos te manda Rolando, que gracias por acordarte pero ahorita está algo complicado”. Me dio una pena con la pobre.

PRISCILA: Necedades de ella, todo el mundo sabe que Rolando es anti-familia y por eso no la invitó.

JACINTA: Ese muchacho siempre fue así, igualito al abuelo de antipático.

AURORA: Sincero y tajante como nadie.

PRISCILA: Mejor así. Yo siempre he dicho, uno debe estar en donde se sienta bien y con gente agradable, de lo contrario te estarías sometiendo a un innecesario acto de hipocresía.

AURORA: Aparte de paramédico, filósofa.

(Las tres ríen)

PRISCILA: A veces.

AURORA: Priscila te quería comentar algo... yo creo…

PRISCILA: Habla, ¿cuál es el misterio?

JACINTA: Aurora si no es algo que podamos resolver hoy, preferiría que te quedaras con la boca cerrada.

AURORA: Mamá tranquila que no es nada grave… yo pienso que ya es hora de… bueno, que hables con mi papá sobre lo tuyo. Lógicamente no será hoy, pero deberías aprovechar tu estadía acá.

JACINTA: ¿Hablar de qué?

PRISCILA: Mamá deja de hacerte la loca, las tres sabemos cuál es el asunto, yo creo que ya es hora de que se vaya acabando la doble moral en esta casa.

JACINTA: Yo sólo te digo algo, uno no tiene que andar por la vida dándole explicaciones a la gente de lo que uno haga o deje de hacer, y menos si se trata de gente llena de prejuicios, es difícil cambiarle a un viejo la manera de pensar.

AURORA: Es cierto, pero papá siempre ando preguntando cuando se va a casar Priscila.

PRISCILA: Y yo que pensaba que estaba claro en el asunto.

JACINTA: Que siga preguntando, algún día se cansará de preguntar.

PRISCILA: Aurora mamá tiene razón, además no creo que sea el momento adecuado, no está bien de salud.

AURORA: Yo estoy segura que si tú te sientas con él, se toman unos tragos y se relajan, entenderá todo.

PRISCILA: ¿Y cuando se le pasen los tragos?... Yo te agradezco tu esfuerzo de sincerar y acercar a la familia, pero a veces es mejor dejar las cosas como están.

AURORA: No estaría de más que lo intentaras.

PRISCILA: Ya ustedes y Rolando lo saben, creo que por ahora es más que suficiente.

JACINTA: Que bueno que lo tomes así hija, yo te quiero tal y como eres, y aunque no comprendo algunas de tus cosas, te las respeto, porque sé que eres una mujer centrada, sólo con eso me conformo.

(Priscila abraza a Jacinta y luego Aurora se une a ellas en el abrazo.)

PRISCILA: Mamá te quedó bella la mesa.

AURORA: ¿Te quedó? Querrás decir, les quedó. Yo también colaboré.

JACINTA: (Riendo) Cierto, Aurora bordó el mantel y escogió las flores.

PRISCILA: Que bien le ha sentado la soltería.

(Entra Rolando)

ROLANDO: ¿Y esas caras? No me digan que ya le contaron a Priscila.

PRISCILA: ¿Contarme qué? ¿Mamá hay algo que deba saber? Te vi pelándole los ojos a Aurora antes de que ella hablara.

JACINTA: Nada hija, Rolando que no sabe ya ni qué decir… (A Rolando) hijo la torta la trae tu abuela, deja ya de estarla poniendo.

AURORA: Rolando sírvenos unas copas, no me gusta recibir el año con tanta compostura, eso es aburridísimo. 

PRISCILA: Rolando sirve las copas, quizás un par de tragos les afloje la lengua… (Aurora y Jacinta se van a la mesa a romper unas avellanas mientras Rolando sirve los tragos)… no crean que se me van a hacer los locos y yo les voy a seguir la corriente.

(Rolando entrega las copas.)

AURORA: Ya deberíamos estar todos acá… ¡falta traer los taburetes!, no creo que los invitados se quieran sentar en el piso.

ROLANDO: Deja yo los buscos.

AURORA: Yo misma voy, tú nunca te percatas si están rotos o manchados.

(Sale Aurora)

PRISCILA: Entonces Rolando ¿Qué es lo que debo saber?

JACINTA: Voy a ver como sigue Rómulo.

PRISCILA: Mamá me disculpas pero tú no vas a ningún lado, hice una pregunta y creo que me merezco una respuesta.

ROLANDO: Corazón no es nada, ¿otro trago?

JACINTA: Otro para mí también, por favor.

PRISCILA: Por lo visto la cosa es más grave de lo que yo pienso.

JACINTA: (Afable) Siéntate hija.

ROLANDO: Deja mamá, yo fui el imprudente y creo que eso me hace responsable de lo que se deba decir, deja que sea yo quien le cuente.

JACINTA: Déjame a mí, siéntate tú también.

ROLANDO: ¿Qué te parece si pongo algo de música?

PRISCILA: Preferiría que no me adornaran la situación.

JACINTA: El asunto es el siguiente, como te has dado cuenta hemos tenido algunas dificultades económicas, a tu padre ya casi no le salen contratos, tu hermano gana muy poco y Aurora apenas está saliendo de su depresión sentimental.

PRISCILA: Eso lo sé.

JACINTA: Déjame terminar. Hace unos meses la cosa acá se puso más difícil y…

PRISCILA: ¿Es mi papá cierto? Ya el médico le dio fecha.

ROLANDO: Déjala concluir.

JACINTA: Estábamos hasta la coronilla de deudas y nos vimos obligados a…

PRISCILA: ¿A qué?

JACINTA: Hipotecamos la casa.

(Larga pausa)

ROLANDO: Era eso Priscila, sé que no era el momento para que te enterarás pero tú así lo quisiste.

PRISCILA: ¿Cuándo hay que pagar la hipoteca?

ROLANDO: El 30 de marzo.

PRISCILA: ¿De cuánto estamos hablando?

JACINTA: 400 mil bolívares. 

ROLANDO: En dólares sería el doble de lo que te costó el carro.

PRISCILA: Esto es increíble, y yo que pensaba que ya nada peor les podía pasar... (Vacía la copa) tranquila mamá, si hay alguien que realmente ama ésta casa eres tú, conociéndote sé que esto debe tenerte preocupada.

JACINTA: No sabes cuánto. Yo nada puedo hacer, sólo rezar… rezar y esperar.

PRISCILA: Algo se nos ocurrirá, lo importante es mantener la cordura y haber aprendido que las hipotecas son peor que las tarjetas de crédito… ni siquiera te voy a preguntar qué hicieron con el dinero, me imagino que ya nada debe quedar.

(Entra Rómulo)

RÓMULO: Ya llegó Juan. ¿Donde está la cava Jacinta? La gente trajo hielo, y whisky del bueno… ¿A que no adivinan quien es la novia de Juan? ¡Me quedé loco!

(Entra Aurora rápidamente intentado cortar la conversación de Rómulo)

AURORA: Papá lleva la cava deja que yo les cuente.

RÓMULO: A pues…

AURORA: Papá por favor.

RÓMULO: La muchacha esa vale.  ¿Cómo es que se llama?

AURORA: Te están esperando con la cava.

JACINTA: A mí me tiene sin cuidado quien sea esa mujer, sea quien sea no es bienvenida a ésta casa.

ROLANDO: ¿Quién es? ¿Diosa Canales?

RÓMULO: No…

AURORA: Priscila, creo que lo que vas a escuchar no te va a gustar.

PRISCILA: No me digas que es alguna del colegio.

ROLANDO: ¡Qué! Ya esas no están para esos trotes.

RÓMULO: La amiga tuya vale…

JACINTA: ¿Cuál?

AURORA: Es Cristina.

PRISCILA: ¿Cristina?

JACINTA: ¿Cristina? ¿No se supone que está en Bogotá?

RÓMULO: Sí, esa misma, la que vino el año pasado, la amiga tuya.

(Priscila se sienta en una de las sillas del comedor.)

RÓMULO: Ese Juan sí que tiene buen gusto.

JACINTA: Resérvate ese tipo de comentarios.

ROLANDO: (A Aurora) ¿Estás segura que es ella?

(Priscila en un repentino arranque de rabia se levanta en dirección a la puerta y Aurora la detiene.)

AURORA: Priscila cálmate, piensa bien lo que vas a hacer.

JACINTA: Rómulo lleva la cava.

RÓMULO: ¿Qué es lo que pasa aquí? Desde que entré andan como raros, queriendo que me vaya, yo sé que tengo que llevar la cava.

ROLANDO: Entonces llévala.

JACINTA: No es cortés hacer esperar a los invitados.

RÓMULO: Priscila ¿Qué es lo que pasa?

PRISCILA: Pasa que me canse de que me vean la cara de estúpida, pasa que me harté de estar fingiendo un personaje que no soy, pasa que estoy cansada de que la vida misma me ponga situaciones injustas y siempre tengo que hacerme la loca por el simple hecho de ser distinta.

JACINTA: Priscila es suficiente.

AURORA: Vamos a mi cuarto Priscila.

RÓMULO: (A Priscila) ¿Qué es esto? ¿Te gusta Juan? ¿Tienes un asunto pendiente con la tal Cristina?

AURORA: Deja que seamos nosotras quienes resolvamos esto, ve a buscar el hielo.

RÓMULO: No me da la gana de irme, yo no me voy de aquí hasta que Priscila me explique cuál es su rabieta.
  
PRISCILA: (A Rómulo) Por más que te explique de qué se trata, no lo vas a entender. Porque resulta que tú sólo entiendes, lo que te interesa entender.

JACINTA: Yo creo que no es el momento para hablar de esto.

ROLANDO: En esta casa nunca es el momento de hablar nada, por eso todo se hace sin consultarse, todo se ignora y no se enfrenta nada.

RÓMULO: Es Cristina cierto.

AURORA: Sí, es Cristina, pero eso sólo es algo que ella y Priscila deben resolver, ni tú ni ninguno de nosotros debe meterse en eso.

JACINTA: Rómulo yo creo que lo mejor es que te calmes, hace rato te dio un dolor en el pecho.   

PRISCILA: Mamá no te preocupes, no voy a embarrarla. (A Rómulo) Deberías ocuparte de asuntos más importantes. En lugar de estar mortificándote por mis problemas.

RÓMULO: Ya te fueron con el chisme de la hipoteca.

PRISCILA: Ojala fuera un chisme. Tu incompetencia siempre fue eso, “un chisme”. Como si la solución fuese esconder tus deberes y fracasos.

RÓMULO: No voy a permitir que me hables así.

PRISCILA: Y yo no voy a permitir que te metas en mi vida.

JACINTA: Ni una palabra más. Rómulo o sales a recibir la gente o voy yo. Así aprovecho y prendo el riego del jardín, a ver si el agua les devuelve la vergüenza a la Cristina y al señor ese que no pienso nombrar.

ROLANDO: Yo voy.

JACINTA: Tú te quedas ahí.

PRISCILA: Lo importante de todo esto es que ya estamos claro -corrijo- estoy clara con el asunto de la hipoteca, que a mi parecer es lo más importante.

AURORA: (A Priscila) Después de todo vas a ser tú quien probablemente termines resolviendo lo de la hipoteca… (Se sirve una copa.) Por ahora deberíamos dejar eso a un lado y actuar cual familia decente… total, si no es una cosa es la otra, si no son las deudas, son los cachos de Rolando, la enfermedad de papá…

ROLANDO: O el despecho de Aurora, la novia de Priscila… ¡Qué más da!

(Rómulo se queda mudo y se sienta en una silla.)

PRISCILA: Las necedades de la abuela, Corina o la tía Octavia.

(Priscila cae en cuenta que la familia que hoy tiene, no es ni la sombra de lo que ella soñó, se encuentra sumida en una profunda nostalgia. Su memoria evoca recuerdos de su niñez, los momentos felices que vivió junto a sus hermanos.)

JACINTA: Yo mejor me quito estos zapatos, ya no los aguanto. Rolando sírveme un trago, ya aquí no hay nada de qué hablar. El año que viene discuten, hablan y se quejan, ya no me voy a angustiar por nada.

(Rómulo toma la cava y sale sin decir nada.)

AURORA: Bueno que empiece la fiesta, después recogeremos los vidrios.

(Rolando sirve cuatro copas y cada uno toma la suya.)

AURORA, ROLANDO Y JACINTA: (Brindando) ¡Salud!

ROLANDO: ¿Será que Cristina sabía que era aquí a donde venía?

AURORA: No lo creo.

ROLANDO: Lo más seguro es que no se dio cuenta sino hasta que llegó, tiene toda la estampa de las que el teléfono no las deja mirar para los lados.

AURORA: ¿Dónde habrá conocido a Juan?

PRISCILA: (Casi sin querer hablar) Ni me importa.

ROLANDO: Juan tiene muchos negocios raros en la hermana república.

JACINTA: Eso sólo lo sabrán ellos, ponte a bailar, que te vea feliz, que sepa que éstas bien y que su ausencia o presencia, poco te importa.

(Rolando vuelve a colocar la canción “Vampiro” del Grupo Barranco y saca a bailar a Priscila.)

AURORA: Mamá ¿por qué tenemos esa extraña costumbre de juntar todas las cosas malas cuando termina el año? ¿Qué necesidad tiene uno de exponer la miseria y los rencores precisamente hoy? Tanto que criticamos a la gente de al lado, y uno los ve siempre felices, unidos, sin poses ni formalismos, y son las seis de la mañana y es como si el año les hubiese otorgado unas horas extras para despedirse, para estar en armonía.

JACINTA: Porqué sencillamente ellos decidieron ser felices, con su ordinariez, su informalidad… su mesa desnuda y sus regalos improvisados. No sé si por conformistas o por básicos. Sabes algo, siempre tuve el temor de que nuestros logros nos convirtieran en seres soberbios, que nuestro auge económico aflorara nuestras diferencias más y más. Hace diez años, cuando éramos una de las familias más pudientes de la zona, mi temor era ese, hoy que me doy cuenta que la escasez y la sombra de la ruina nos hostiga; tengo el mismo temor. Así que concluí que no es la casa, los carros, los viajes ni los títulos lo que nos une o divide, si no el aprender a aceptarnos y respetarnos, tal y como somos.

AURORA: Ojala y se apareciera Gerónimo…

JACINTA: Lo que falta es que se aparezca de la mano de Corina, sería la gota que derramaría el vaso.

AURORA: ¡Pobre Rolando!

(Entra Rómulo)

RÓMULO: La gente se fue, no quisieron entrar.

(Pausa larga, el ambiente se va tornando melancólico.)

AURORA: ¿Y la abuela?

RÓMULO: Tampoco viene, le duelen las rodillas y no encontró quien la trajera. Nadie viene

ROLANDO: (Apagando la música) Solos, de nuevo solos…

(Priscila y Aurora se quitan los zapatos, los llevan en las manos y salen. Luego Jacinta se pone sus zapatos, va a la mesa, se sirve en una pequeña cesta unas almendras y se sienta en uno de los sillones. Rolando y Rómulo se sirven una copa y se sientan en la mesa en silencio.)

JACINTA: Rolando, ve y dile a tus hermanas que a las doce se servirá la cena… al regresar colocas música.

(La escena se va oscureciendo poco a poco, Rómulo se levanta de la mesa va hacia Jacinta y le coloca la mano es uno de sus hombros.)



(FIN)