viernes, 9 de diciembre de 2011

ÚLTIMA FUNCIÓN

© 2011 Harold Mota
Caracas, Venezuela
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                                “Los sentimientos de culpa son muy repetitivos, se repiten tanto en la mente humana que llega un punto en que te aburres de ellos”.
Arthur Miller

I

El reloj marca las nueve de la noche. A esta hora, el estomago de la pequeña Elizabeth empieza a gruñir, es la tercera vez en menos de una hora que abre y cierra la nevera, sin convencerse aún de que no hay nada para cenar. Lleva semanas en la misma situación, con la agravante de que hace unos pocos días le llegó la menstruación.

Doce años parece una edad corta, inocente y llena de porvenir, pero para Elizabeth la realidad es otra. Un padre que desde que murió su esposa no se preocupó por más nada que no fuera quejarse, un hermano que nunca estaba en casa y con apenas trece años se dedica a arreglar carros en el taller de la esquina, y una nevera vacía, sucia y llena de chiripas.

Era un ambiente hostil en donde ninguno se soporta, los problemas económicos les coartaban la razón y dejaban al descubierto sus miserias y sentimientos de odio.

Aún así, la joven, día a día iba al colegio, una beca municipal la mantenía en aquel lugar, era el único sitio en donde se sentía bien, lejos de Rodrigo y Olinto, lejos del fracaso y de la escasez de todo aquello que pudiera escasear.

Llevaba largos meses asistiendo a clases con el mismo cuaderno, trataba de copiar lo necesario y cuando llegaba al final borraba las primeras páginas y empezaba de nuevo su ciclo de esperanza y de ganas de ser alguien en la vida.

Un día en la habitual formación matutina ocurrió algo que le haría vivir la peor vergüenza de su vida. Justo debajo de sus pies se encontraba un trozo de papel sanitario barato, enrollado cuidadosamente y manchado de sangre, era la improvisada toalla sanitaria que Elizabeth utilizaba, se había deslizado por su pantalón sin que ella se diera cuenta. Algunos jóvenes en tono burlón y a un alto decibel – delante de unas doscientas personas – le hacían entender que “algo” se le había caído, con la mirada fija y los hombros encogidos de pena sintió que más que esa toalla era su moral la que estaba en el suelo. Con mucho coraje la tomó, la echó en la cesta de la basura y se marchó a casa, nunca más asistió al colegio.

Al llegar a casa encontró que su padre y su hermano discutían. Rodrigo llevaba semanas sin asistir a clases y su padre se había enterado, era una situación caótica. En la lucha Olinto golpeó tan fuerte a su hijo que lo hizo sangrar por la nariz, mostraba una rabia incontenible, casi animal.

Elizabeth se encerró en su cuarto y se echó a llorar, sentía que su mundo se desquebrajada y se venía abajo. Sobre la mesa de noche, habían unas hojillas las cuales veía de reojo, en medio de su depresión sintió el deseo de deslizarlas sobre sus delgadas muñecas y de esa forma darle fin a su tormentosa y triste vida. Tomó aquellas incitantes y afiladas cosas con sus manos y sin pensarlo dos veces, las tiró por la ventana. La imagen de su madre recordándole  – minutos antes de morir –  que cuidara a los hombres de la casa, la hacía mantener la cordura.

Meses más tarde, Olinto se había resignado a la deserción escolar de sus hijos, lo único que le interesaba era que ambos trabajaran y llevaran comida a casa. Él por su parte había montado un pequeño taller de herrería y hacía algunos trabajos a domicilio. Elizabeth se dedicaba a vender periódicos y golosinas en la calle, mientras Rodrigo seguía reparando carros y haciendo mandados. El estilo de vida conformista en la que estaban sumergidos, llevaba a la joven al borde de la locura, todo era mediocre, todo menos sus ganas de activar un suiche que le diera sentido a todo.

Su padre había empezado a beber cada vez más, llevaba mujeres a casa y en ocasiones éstas robaban algunas de las pocas cosas que ella y su hermano con mucho trabajo obtenían. Estaba cansada de Olinto, él nunca valoró ninguno de los sacrificios que ellos hacían, de hecho el dinero que él ganaba se lo gastaba todo, pues desde que empezaron a llevar dinero a casa no saco ni un solo centavo de su bolsillo, fingía gastos improvistos y enfermedades inexistentes. Se había vuelto un hombre miserable, amargado y violento.

Una noche llegó Elizabeth a su casa con los bolsillos llenos y el corazón contento, había vendido todo e incluso había ayudado a vender parte de su mercancía a una de sus compañeras de la calle. Al entrar observó algo que la marcaría para siempre, estaban su padre y su hermano, sentados desnudos en el sofá, una imagen que jamás se hubiese imaginado, ambos recibiendo sexo oral de dos mujeres que para ella eran extrañas. Justo en el mismo sofá donde su mamá le acariciaba el pelo hasta quedarse dormida, en el mismo sitio donde muchas veces los cuatro como una familia feliz disfrutaron de una buena película. En ese momento entendió que no sólo su madre había muerto, para ella su padre y su hermano, también lo estaban.

Los tragos y el éxtasis hicieron que nadie sintiera la llegada de Elizabeth, todo estaba oscuro, latas de cerveza en el suelo y un  televisor a todo volumen que ligeramente alumbraba sus rostros. La joven entró en su cuarto asqueada, indignada y aunque la rabia quiso arrancarle un par de lágrimas, no lloró, no valía la pena llorar a un par de suicidas, era así como los veía ahora.

La mañana siguiente Elizabeth se levantó muy temprano, ese día era su cumpleaños, nadie lo recordó. Metió en un bolso lo necesario y se marchó de su casa, aún no tenía claro si regresaría en la noche ó se iría de aquel sitio para siempre. Su desesperanza  se encontraba contrapuesta con la promesa que le hizo a su madre. Realmente seguir viviendo en aquella casa, representaba una cruz muy pesada que no sabía si seguir cargando.

Ese día se encontraba distraída y  preocupada, no lograba sacar de su cabeza aquella repugnante imagen, para ella el sexo representaba un camino inexplorado y lleno de temores. Nunca imaginó que su hogar se convertiría en un circo carnal, de hecho ya no lo sentía su hogar, era simplemente un sitio medianamente seguro donde podía ir a dormir.

Elizabeth juzgaba a la vida, en ocasiones le parecía que nada tenía sentido, había perdido a su madre, abandonado sus estudios y no tenía ninguna clase de afecto ni respeto por nada ni por nadie.  Quería encontrar algo que la hiciera sentirse viva, alejada de las penurias de su entorno.

Pasado el mediodía, tomó la decisión definitiva de no volver a casa, contó el dinero que llevaba encima y se dio cuenta que era una suma considerable, podía subsistir algunos días durmiendo en algún hotel barato, pero su corta edad era una limitante.

Esa tarde se fue a una tienda y vendió un reloj de pulsera y unos aretes de oro que su padre le había obsequiado, con ese dinero se regaló ropa nueva, zapatos y maquillaje.

Eran pocas las veces que la joven destinaba dinero para su uso personal, creía que no lo merecía, que todavía era muy joven para decidir cómo gastarlo. Sus prejuicios y baja autoestima fueron a parar junto a su ropa vieja, en un bote de basura. Había llegado la hora de decidir por ella, de empezar a ser ella.

La ropa cernida y el maquillaje oscuro ayudaron a que aparentara más edad, Elizabeth tenía la ventaja de su metro setenta de altura que había heredado de su padre, además de un lindo rostro y una hermosa cabellera, complementos que la potenciaban como toda una hembra. Salió de aquel sitio irreconociblemente sensual, lo necesario como para que un par de cabezas giraran a contemplar su sublime belleza.

Al llegar a la recepción del hotel, trató de disimular su nerviosismo, le pidieron llenar una ficha y alteró cinco cifras menos el segundo dígito de su cédula de identidad, pagó y se fue sin decir nada. Una extraña sensación se apoderaba del cuerpo de la joven, no llegaba a parecerse a la culpa y tampoco tenía rastros de alegría. Eran sentimientos nuevos que florecían ante un entrono desconocido y una decisión forzada.

La habitación 304 era una de las más baratas, un colchón pequeño sobre una cama de cemento, lencería marrón y un polvoriento ventilador sin tapa. En una esquina tres envoltorios de preservativos y unas delgadas manchas en la pared, daban señales de las cosas que solían ocurrir allí. Con todo y eso la chica se sentía cómoda ante el refugio de su privacidad, era un espacio que por ahora le pertenecía.

II

Un modesto escenario y un lujoso club era ahora lo que le daba sazón a la vida de la joven, los años no pasaron en vano, había perdido la inocencia y el sentimentalismo que tanto la caracterizaban…

Aquel viejo teatro ya no daba para más, el público, los actores, el director, todo, absolutamente todo apestaba, en especial aquel telón enmohecido y mal oliente. Un sitio que se mantenía con la buena voluntad de unos pocos y el vivo recuerdo de lo que significó.

            Aún así era el único lugar en donde la joven se sentía imprescindible, la diva, la insustituible. Aquella mezcla de ego y conformismo la hacía permanecer semana a semana en aquel escenario. Era una manera decente de ganarse la vida, había decidido que cuando tuviera estabilidad o envejeciera sería una actriz de tiempo completo, sea lo que fuese que ocurriera primero.

A pocas cuadras del teatro quedaba su otro sitio de trabajo “La Gaviota”, un elegante y muy moderno club reservado sólo para altos ejecutivos, extranjeros acaudalados y la nueva burguesía política, todo era impecable, al mejor estilo de los clubes de Dubai.

A las once de la noche la iluminación del lugar empezaba a descender, bajo la melodía de un saxofón acompañado por ritmos orientales, tres voluptuosas mujeres dejan ver debajo de unas delgadas telas, sus senos, su espalda y todo lo que cualquier hombre deseara ver. El espectáculo más esperado de la noche, durante esos treinta minutos los tragos duplican su precio y la seguridad era reforzada, hasta el más sobrio y elegante caballero enloquecería bajo el festín hormonal que desataban Olly, Nina y Salomé. Al finalizar el show, subastan entre los presentes el derecho de tocar, sentir y sudar en la intimidad de una lujosa suite, junto a alguna de aquellas divas.

No siempre fue así, hubo días en donde Salomé amanecía parada en una esquina, esperando algún cliente más para completar el pago de la renta. La vida en la calle la llevó por un laberinto oscuro que sólo tenía dos salidas: la delincuencia y la prostitución. Nunca le gustaron las drogas, ni las armas, las veía como un afilado boomerang que cortaba cabezas en el momento menos pensado. Encontró en la prostitución momentos cortos de diversión y dinero para su manutención

Hoy día la Elizabeth del pasado quedó solapada casi en su totalidad bajo la estampa de su nueva identidad, Salomé. Ya ni ella misma se acuerda de su verdadero nombre, algún trámite legal o la interrupción nocturna de algún oficial de la policía, le hacen refrescar frente a las páginas de un viejo pasaporte quien es realmente ella. A pesar de que lleva diez años tratando de borrar su nombre, en especial su apellido, no lo ha logrado.

La decisión de vender su cuerpo la paseó por los sitios más clandestinos de la ciudad, bares, callejones, casas de citas y un sin fin de lugares. De la misma forma tuvo la necesidad de conocer un interesante cóctel de personalidades, transexuales, drogaditos, parejas exageradamente liberales y ancianos impotentes con ganas de ser escuchados. 

Los escenarios y la pasión por el dinero la habían vuelto una mujer frívola, excesivamente materialista, al mismo tiempo se dejó llevar por los comentarios adulantes que le recordaban que era la más bella y la mejor. Aunque no vivía como quería, se vanagloriaba del progreso del que ostentaba, un carro del año, una habitación cómoda y una creciente fama. A ciencia cierta no sabe en qué momento perdió el pudor, la moral y la humildad; sentimientos que formaban una especie de triangulo incomodo del que  tuvo que deshacerse rápidamente.  

Los años de prostitución de Salomé tenían sus días contados, desde hace meses un caballero la ha contratado una infinidad de noches, parece obsesionado con la joven, hasta el punto que ha mencionado esa palabra de diez letras que la mayoría de los hombres evita pronunciar y detesta escuchar; matrimonio.

Para su suerte se trataba de un reconocido director de cine que vio en ella no sólo una musa, sino una mujer perfecta con la cual quisiera pasar el resto de su vida.

            Al principio lo veía como otro cliente más, otro viejo rico diciendo las mismas estupideces que estaba acostumbrada a escuchar, elogios y babosadas que parecían sacadas de algún tétrico manual para viejos verdes.  

La joven no se interesó en aquel hombre insistente, sino el día que éste decidió llevarla a su casa. No era la típica residencia de un hombre soltero, era un verdadero palacio revestido completamente con mármol negro y caoba, el juego de jardines que poseía – que no parecía tener límites –  se prolongaba por casi todos los espacios del inmueble. En una amplia pared del salón principal, observó una colección de retratos de leyendas del cine y del teatro.

Pocas veces la joven conversaba sobre su pasión por las tablas y el séptimo arte, el cineasta había logrado extraer de ella el mayor número de palabras que cualquier hombre hubiera intentado. Habían días que no tenían sexo, se dedicaban exclusivamente a conversar o a ver alguna buena película, era en esos momentos cuando sentía que había llegado el momento de dejar “la mala vida”.

Pero había instantes en donde su cuerpo le exigía un joven robusto y lujurioso que la hiciera temblar de excitación, que la saciara completamente y al final se marchara sin decir nada. Esa era la vida a la que estaba acostumbrada, llena de fugases e incógnitos amantes, no se sentía preparada para la exclusividad de un solo cuerpo. Recordaba con ansias muchas de las situaciones que había vivido, hombres a los que les gustaba que le mordieran bruscamente las tetillas, orgías en el interior de una limousine andando, juguetes sexuales, chocolate caliente sobre sus senos y una dupla de jamaiquinos llevándola al clímax total…

Y pensar que fue un acto lascivo lo que la separó de su hogar, al final resultó peor el remedio que la enfermedad. A pesar de eso, nunca sintió culpa por nada, disfrutaba lo que hacía, lo consideraba otro trabajo más, con un sueldo variable y un horario cambiante, en resumidas cuentas su oficio.

No podía engañarse, no era el dinero lo único que la amarraba a aquel mundo carnal, su deseo sexual era realmente constante. Se imaginaba retirada si conseguía a un hombre al que definía con una sola frase, “caballero en el día, bestia en la noche”. Y el cineasta nada más cumplía con la primera condición.

Una nocturna velada en un elegante restaurante sirvió para que ambos hablaran sobre temas que nunca habían tocado, iniciaron una especie de juego que valió de excusa para revelar uno a uno sus secretos y fantasías.

Él habló de su amor por el arte, de su soledad y de su gusto por la marihuana. Ella confesó su insistente empeño por ser famosa, su incapacidad por enamorarse y su obsesión por lo zapatos Chanel, nada que ellos no supusieran.

Ambos tenían otros asuntos muy bien guardados, faltaban un par de botellas más para desvelarlos, de esa noche dependía el futuro de su amistad.

Con un tono ebrio y una mirada de resignación, él hizo mención sobre su imposibilidad innata de tener hijos, sobre su miedo a la muerte y sobre su tendencia bisexual. Ella enmudeció y con la mirada fría vació su copa, había venido a su mente un proverbio chino que siempre le agradó, “cásate con alguien con quien te guste conversar”. Entró en razón de que realmente disfrutaba conversar con él cineasta, no se sorprendió por ninguno de sus confesiones, alguna de ellas eran sencillamente obvias.

Ella se acomodó el escote, se hizo un moño en el pelo y llenó ambas copas. Su lado frívolo le indicaba que estaba frente a su blanco perfecto, un hombre millonario, solitario y fácil de manipular, sin embargo su parte afable le decía que estaba frente a buen amigo, alguien que por primera vez en la vida la quería tal y como era. En un gesto de confianza le habló sobre cosas que nunca pensó que iba a contar, detalló la historia de su familia, el odio con el que recordaba a su padre y a su hermano, y le apuntó que cualquier pareja que ella escogiera debía lidiar con su ninfomanía.

Ambos se observaron detenidamente con los ojos aguados y la frente sudada, habían dado el paso más importante en su relación, se mostraron tal y como eran, sin injerencias ni prejuicios. Aquellas lágrimas tenían un amplio significado: la impotencia sobre hechos que no cambiaran y la alegría de mostrar sinceridad mutua. Con un “ya está bueno”, se secaron los ojos, pagaron la cuenta y se marcharon.

III

Cualquiera hubiese imaginado que el dinero y el reconocimiento público que poseía Manuel Montenegro eran suficientes para llevar a Salomé al status que tanto ansiaba. Pero los diarios y la alta esfera del medio artístico se encargaban de que la realidad fuera otra, para ellos la joven era sólo una principiante arribista intentando llegar a la fama por el camino menos adecuado.

Sin embargo el boom de su relación hizo que cada función del viejo teatro se agotara con prontitud, eran muchos los que querían constatar la belleza y los dotes histriónicos de aquella chica, la mujer de Montenegro. Fueron necesarias tres funciones extras a la semana, que para suerte de todos, hicieron que El Jardín de los Cerezos  fuera la obra más vista en esa temporada.

Entre tantas cosas la chica había decidido de momento, no asistir a los brindis y estrenos a los que frecuentaba el cineasta, no estaba dispuesta a presenciar otro desplante más, a fin de cuentas era el reconocimiento de su público y no el de los artistas elite lo que a ella le importaba.

Por decisión propia en un intento de respetar y tomar en serio su relación, había resuelto dejar a un lado la venta de su cuerpo y los bailes exóticos, “La Gaviota” había perdido a una de sus perlas, cosa que sus compañeras Olly y Nina aplaudieron a vivas voces. 

Aunque todo marchaba a pedir de boca y el cineasta ponía todo su empeño en dar el máximo placer a su novia, ella consideraba que no era suficiente, las decenas de posiciones, los juguetes y juegos sexuales no daban abasto. Hacía falta una buena y nueva máquina humana que rompiera la monotonía y precariedad sexual.

La decisión había sido tomada, un gigoló era la solución. Ambos habían acordado una serie de reglas y dotes físicos para el tercer miembro del trío que tanto anhelaban. Entre otras cosas ninguno de los dos debía besarlo, ni verse a solas con él y era imprescindible mantener dicha relación al margen de la cama, sin sentimientos de por medio. El cineasta se sentía complacido y a gusto con la particular personalidad de Salomé, sus sueños, excentricidades, fantasías y sobre todo su compañía. No había duda, era la mujer de su vida, quería formalizar la relación y no darle más largas al asunto.

La joven por su parte tenía todo lo que quería, no hubo necesidad de crear mentiras ni falsos sentimientos, su hombre la amaba y ella sentía un profundo respeto y cariño por aquel noble sexagenario.

Con el paso de los días la chica había aceptado casarse, ya llevaba cuatro meses viviendo en aquella lujosa casa, desalojó su antigua habitación y cambio de auto. No tenía porque hacerse rogar por recibir aquel insigne sacramento y más aún si eso sumaría unos cuantos ceros a la derecha en su tímida cuenta bancaria. Como le hubiera gustado que su madre estuviese a su lado, para que la aconsejara y le diera ánimos en los tediosos y anticuados preparativos prenupciales, era la primera vez que ella se casaba y no con cualquier persona. Todo debía estar perfecto, esa era la norma.

Su desempeño como actriz había dado buenos frutos, una nueva obra con seis funciones por semana y el debut en el cine, todo un evento. Irónicamente le había tocado personificar en la gran pantalla a una prostituta que moría luego de haber sido infectada por el VIH, una especie de tributo a muchas de sus antiguas compañeras que fallecieron en esas circunstancias.

Fue precisamente esa película la que la catapultó como una emergente y talentosa actriz, muchos de sus detractores tuvieron que inmolar el escepticismo que tenían sobre el talento de Salomé, aún así era ineludible que pusieran en duda su amor por aquel exitoso hombre quien le llevaba más de treinta años.

Un comentario imprudente suscitó la primera gran discusión entre Manuel y su prometida. Él le había recomendado que iniciara una búsqueda para dar con el paradero de su padre y su hermano, de esa manera alguno de los dos la llevaría al altar. Ella lo consideró una falta de respeto, un exabrupto. Le repitió lo mismo que llevaba más de diez años repitiéndose: “están muertos y enterrados.” Él le lanzó una única advertencia:” tu trabajo te ha hecho una figura pública y tarde o temprano darán contigo, es algo de lo que no puedes escapar.”

Era cierto su rostro estaba estampado en diarios y revistas, todos anunciaban la célebre boda entre ella y gran director de cine. Una noticia que habitualmente iba acompañada de algún mal comentario hacia ella.

La noche siguiente, luego de concluir uno de esos aburridos eventos a los que el cineasta debía asistir, Salomé recibió una llamada que la haría enmudecer del susto. Aquellas extensas paredes y vistosos jardines mostraban un extraño tono grisáceo, había acabado todo, su articulado plan de vida se había derrumbado de la peor manera, Manuel Montenegro había sido asesinado.

Y pensar que sólo faltaba un mes para la esperada boda. Esa noche recibió un sin fin de visitas, compañeros mostrando su apoyo, policías formulando preguntas incomodas y gente que se acercaba para maldecirla e inculparla por lo ocurrido. Una noche larga, negra y llena de desdicha.

Los empleados de la casa le dieron la espalda y se marcharon, ya no tenían porque disimular su inconformidad por su presencia, nunca aceptaron aquella relación, consideraban que la actriz estaba sumergiendo al señor en un abismo de lujuria, además de que lo alejaba de su círculo de amistades.

Tres días después, una orden judicial le indicaba que debía desalojar la casa, legalmente era sólo una intrusa. Montó sus pocas cosas en su auto y se marchó a un hotel, era una historia que parecía repetirse.

En ese momento recordó algo que le había enseñado su madre: “a veces uno no es lo que es, sino lo que la gente cree que uno es”. Era así, para muchos la joven significaba la codiciosa mujer que asesinó al desprotegido viejo, luego de haber tenido una acalorada discusión, y aunque la experticia policial mostraba que fue el robo el móvil del crimen, muchos se mostraban incrédulos ante aquella aseveración.

Esa semana se cancelaron todas las funciones teatrales y la semana siguiente arranco con una taquilla deficiente. El incidente había salpicado todos los espacios de Salomé, además de que la hundió en una profunda depresión que ameritó una reclusión en el hospital.

Su estampa de mujer segura se había desplomado, su tendencia suicida parecía rondarla nuevamente, pero se sentía tan débil, física y mentalmente que prefería pasar días enteros dormida en la reclusión de aquella sala.
Una mañana, recibió una visita que le haría mover sentimientos y emociones. Se trataba de Rodrigo, su hermano. En ese momento sintió el alivio de ver a alguien, que si bien era cierto recordaba con odio, las condiciones en las que se encontraba le indicaban que por fin había llegado alguien quien le diera sentido a su vida, no había cabida para preguntas ni reproches, un fuerte abrazo bastó para remendar diferencias, para olvidar aquellos aquejes pueriles. 

Ambos se observaban con asombro ante aquellos rostros adultos y llenos de tantas vivencias, la tristeza de su mirada parecía menguar ante la esperanza de quererse nuevamente, como seguramente sus padres hubieran querido.

Él estuvo junto a ella hasta el día que le dieron de alta, le contó sobre lo bien que le había ido en el comercio de autos, de lo mucho que la extrañaba y de lo triste que fue ver morir a su padre de manera lenta tras una grave afección por cirrosis hepática. No estaba dispuesto a perder nuevamente al único ser que llevaba su sangre. La llevó a su casa y juntos empezaron una vida más espiritual y menos material, llena de buenos momentos y con amplias expectativas…



(FIN)