sábado, 8 de diciembre de 2012

CAMINO CLAROSCURO


Seleccionado para la V SEMANA DE NUEVA NARRATIVA URBANA, CENTRO CULTURAL CHACAO.
© 2011 Harold Mota
Caracas, Venezuela
Todos los derechos reservados
Registro S.A.P.I. N° 9.065 (PUTOS CUENTOS)


Aún cuando todos se quejan día a día de la ciudad, Lázaro la sigue viendo como el lugar perfecto donde siempre ha querido estar. Para él el ruido, el smog y el tráfico se vuelven invisibles ante el policroísmo de avenidas y edificios, gente elegante y sobre todo la imponente belleza del Ávila.

No siempre fue así, no tan agradecido y tan conforme con todo, hubo momentos en donde no encontraba un sitio agradable, todo le molestaba y le parecía tercermundista.

Adiestrar sus sentidos para extraer de cada sitio, momento o persona un lado positivo, inquietante o mágico, le había llevado años de vivencias amargas y difíciles.
           
Una mañana, Lázaro amaneció con ganas de no seguir trabajando en la corrompida e ineficiente oficina  pública donde llevaba casi dos años laborando. Trataba de convencerse a sí mismo de que era el lugar adecuado para cuando obtuviera su preciado titulo. Al mismo tiempo se repetía - faltan dos años más y para entonces ya tendré treinta-. El tiempo era un instrumento caprichoso, que se hacía largo cuando no debía y se acortaba cuando más se le pedía que no lo hiciera.

Ese día decidió tragarse su inconformidad y seguir al insípido ritmo en el que dicho lugar lo sumergía. Se sirvió un café, trabajó como ningún otro día y al finalizar la jornada recibió su pago. Para él eso representaba un analgésico que quincenalmente y de manera momentánea sosegaba su dolor moral. 
Consideraba que gran parte de sus compañeros transitaban por la vida sin ver más allá de sus narices. Nunca entendió porque la gente gastaba la mitad de su pago bebiendo en un bar, tratando de borrar lo imborrable, tratando de crear un falso sentimiento de alegría, el cual terminaba doce horas después de haber empezado. Se preguntaba, ¿vale la pena eso? ¿Es por eso que se parte el lomo tanta gente? Pero sabía que la respuesta era no, se trataba de un cóctel de razones, una guardaba menos raciocinio que la otra.

Quizá era lo que ellos habían aprendido y se suponía que debían hacer, tal vez era lo que todo el mundo hacía, o era el típico comportamiento de quien decide gastar pensando que de igual manera no valdría la pena abstenerse de eso, pues la vida se encargaba de recordarles a diario que de ahí no pasarían, que siempre seguirían siendo los mismos imbéciles que nacieron y morirían pobres, no tendrían por qué execrar uno de sus pocos placeres, la mal llamada “pea” de quince y último.

Esa no era la vida que Lázaro quería, sentía que debía ser distinto, tener metas, surgir, levantarse cada día con un proyecto por concluir y otro por iniciar. A veces pensaba que aspiraba demasiado, y al final seguía siendo el mismo imbécil con la cabeza en las nubes. Pero había días que apostaría su propia vida porque eso no fuese así.

Con un par de billetes encima y un bolso de mochilero lleno de viejos recuerdos y mucha esperanza, desembarcó Lázaro en el Terminal de La Bandera. No sabía a dónde ir, pero sí a donde llegar, probar suerte en Caracas representaba una de las decisiones más alocadas que en mucho tiempo había tomado. Llevaba consigo tres herramientas fundamentales; gallardía, fe y su preciado título de abogado. No quería ser uno más del montón, otro escalón en la escalera de la incompetencia, un peón legal al servicio de un jefe corrupto.

Esa tarde tenía pensado asistir a tres entrevistas, decidió hospedarse en el humilde Hotel ABC de la Avenida Lecuna, una habitación en el último piso, la más alejada, eso le daba una ligera sensación de seguridad y tranquilidad, sabía que debía ser precavido en esa zona. Sacó del bolso sólo lo necesario, uso la pesada plancha que llevaba consigo para engalanar su traje, luego de amarrar su bolso con cadena y candado a la pata de la cama, se marchó.

En el camino le sonreía a cuanta persona veía, empezó a sentir que había dado el primer paso hacia la vida que quería. No le importó el retraso en el Metro ni la incomodidad de su atuendo, sacó un pañuelo, secó su frente y cedió el puesto a una dama que llevaba rato viéndolo con cara de misericordia.

De regreso en la noche, se cruzó con un grupo de trinitenses que estaban reunidos en una esquina, era gente humilde, joven y con un español poco fluido. En el sector El Conde era común ver a afrodescendientes de distintas nacionalidades agrupados en pequeños guetos, Lázaro se decía - vienen de tierras lejanas y han encontrado acá una forma de vida probablemente con muchas más posibilidades que las que tenían en sus países-. No los limitó su idioma, raza o religión, decidieron arriesgarse…

Poca gente se percataría que un vistazo tan corto como ese, dejase tantas imágenes en la mente de un buen observador, pequeños detalles que se iban incluyendo en el nuevo universo del joven, y aún más si estos estaban relacionados con sueños y caminos por descubrir.

Tres días después de haber llegado a la capital, el teléfono de Lázaro sonó anunciando la tan deseada llamada. El doctor Pérez le informaba que el próximo lunes debía apersonarse en su oficina, la cara del joven mostraba una tímida sonrisa gananciosa, a la vez que empuñaba sus manos y se golpeaba la frente.

En los pocos días que llevaba en la ciudad había logrado conocer gran parte de ella, su aspecto neutral lo hacía calar en casi cualquier lugar y circulo social, modestamente arreglado, una conversación fluida y variopinta, además de su porte de deportista que lo hacía ver más joven y recio de lo que realmente era.

En una caminata después de un arduo día de trabajo, tropezó con una hermosa mujer, aparentaba unos cuarenta años e iba vestida con un elegante vestido negro. Ambos se dirigían al telecajero de la esquina, él la miró de arriba a abajo e hizo un pequeño gesto subiendo las cejas, ella permanecía fría e indiferente, tomó su dinero y se marchó al cafetín del frente, él la siguió y observó que estaba sentada sola en una mesa limpiando sus lentes oscuros, lo miró y le dijo: “tráeme un mocaccino sin azúcar y siéntate acá”.

Al joven no le causó mayor impresión aquella actitud, estaba acostumbrado al capricho de las mujeres que creían tener clase.

Café en mano, se dirigió a la mesa, tuvo que hacer un gran esfuerzo por no derramar el mocaccino ante el morbo que le causaba aquella bella mujer, ahora sonriente y abierta a entablar una conversación. Ella le había propuesto unirse a su agencia de acompañantes, o como ella los llamaba “scorts”. Llevaba años al mando de una agencia de prostitución de alto nivel, complaciendo las fantasías y excentricidades de ejecutivas y gente del highclass de Caracas, sólo en lujosos domicilios y hoteles cinco estrellas.

Él la miró sin mostrar asombro alguno, había leído y escuchado de hombres que hacían esa clase de trabajo, de hecho le resultaba tentador pues muchas de sus amantes lo calificaban como un “depredador perfecto”. Aunque llevaba dos meses trabajando en una de las más prestigiosas firmas de abogados del Jet Set capitalino, y había logrado residenciarse en una cómoda habitación de la Avenida Francisco de Miranda, sentía que para el nivel de vida que deseaba necesitaría más dinero, la elegante mujer le había puesto en bandeja de plata una jugosa oportunidad difícil de desperdiciar.

 Podía ganar hasta 200 dólares por cliente, sólo tenía que fornicar noche tras noche, sin reparar en el aspecto físico de la selecta clientela que Floralícia tenía en su poder.

La noche siguiente,  Floralícia lo citó en un prestigioso restaurante de la Calle París, él llevó uno de los trajes que usaba para el trabajo, se rasuró ligeramente y se roció perfume en una tienda que estaba a un par de cuadras y en donde las vendedoras cómplicemente le hicieron el favor.

Al entrar, observó que su nueva jefa se encontraba en una mesa acompañada de una pareja, una mujer blanca de unos treinta años y un hombre que la doblaba en edad. Se sentó, le ofrecieron una copa de vino blanco y charlaron algunos minutos, el servicio había sido cuadrado en su ausencia, Floralícia le entregó un maletín y se marchó.

La pareja le pidió a Lázaro que abriera el maletín, al abrirlo los tres soltaron una carcajada. Todo estaba perfectamente ordenado, una docena de preservativos, algunos lubricantes, juguetes sexuales y cuatro billetes de 50 dólares. Se subieron en un lujoso auto y se fueron a una suite, no antes de que Lázaro habilidosamente enviara un mensaje de texto a su hermano con los datos del vehículo; Maserati, color negro, placas GBW 64Z. 

Jamás se le hubiera ocurrido al joven que sería precisamente él el regalo de cumpleaños de la joven argentina, en un amplio sillón ubicado en el centro de la habitación, la joven se recostó desnuda, dejando al descubierto su despampanante figura, su esposo se hallaba sentado en el bar a unos pocos metros fumando marihuana, se dirigió a Lázaro y le dijo de manera sobria: “hazle todo lo que ella te pida y hazte la idea de que yo no estoy aquí”.

 Obedientemente se puso cómodo y disfrutó su primera faena sexual, no hubo más palabras, sólo lenguaje corporal y hormonas trabajando de manera entrelazada a un ritmo perfecto.

Dos horas después recibió una llamada de Floralícia, ella le dijo: “baja, te estoy esperando en el hall de hotel, te llevaré a tu casa”. Se despidió como si nadie recordara lo ocurrido, salió del edificio y se subió en el auto. La piloto le guiño el ojo y entre tantas cosas le recalcó tres reglas:

1.                        1. Cuando estés con una cliente hazle sentir que realmente la deseas, métete en el personaje e imagina que es la mujer con quien mejor hallas hecho el sexo. Al terminar olvida lo ocurrido, si la vez en la calle salúdala sólo si ella lo hace.

2.                        2. Nunca le des tu número telefónico a nadie, conversa de cosas triviales nada personal y no tomes lo que no te pertenezca.

3.                     3. A partir de hoy, para mí y para todas las personas relacionadas con este trabajo, te llamarás Santiago. El resto es tacto, observación y sentido común, sé que eres un tipo inteligente, además de simpático.

Había abierto una puerta que lo llevó a los círculos más cerrados de la ciudad, lujosos hoteles, vinos y whiskys hasta más no poder, mujeres hermosas, carros importados y políticos influyentes – casi todos impotentes-.

La doble vida de Lázaro, lo sumergía en un abismo de frivolidades y materialismo, cosa que empezaba a incomodarle. Se sentía preso en un mundo lascivo y falso.

Fueron muchas las experiencias que le toco vivir, mujeres ninfómanas, parejas exageradamente liberales, damas que no concebían un orgasmo sin estar bajo los efectos de las drogas, hasta había actuado como psicólogo para aquellas mujeres que no sólo buscaban sexo, si no compañía y atención, pues muchas de ellas se encontraban hundidas en la soledad de sus pequeños palacios.

Había muchos asuntos que empezaban a salírsele de las manos, mujeres que se habían enamorado de él y le pagaban noches enteras para disfrutar de su compañía. En ocasiones llegaba a su oficina, somnoliento y ojeroso, hasta el más viril de los seres flaqueaba en circunstancias como aquellas, su cuerpo y su mente empezaban a pasarle facturas a causa de los excesos.

¿Y ahora qué hago? Se preguntaba Lázaro con la manos en la cabeza, aunque ganaba mucho dinero en su trabajo nocturno, empezaba a sentir que era hora de retirarse. Al mismo tiempo se daba cuenta que había avanzado muy poco en la firma de abogados, mientras sus compañeros se encargaban de grandes casos y se les notaba las ganas de trabajar y aprender, él iba en declive y sólo hacía cosas tontas que no exigían mayor responsabilidad.

Tenía algo a su favor, buenos contactos. Había sido amante de mujeres importantes y empresarias exitosas, muchas se habían vuelto íntimas amigas de él, paradójicamente le recomendaban tomar una vida más estable, alejado de todo aquel circo carnal, siempre terminaban con la misma frase: “cuando decidas hacerlo, no te olvides de mí”.

En una convención que congregaba a los grandes bufetes de la ciudad, Lázaro presenció uno de los incidentes a los que la gente como él no estaban exento. Sentado en una mesa almorzando con sus colegas y jefes, una voluptuosa dama se le acerca en tono excéntrico y le dice: “Santiago mi amor, ¿dónde has estado? Que bello estás”. La cara del joven quedó en asombro por unos escasos segundos, inmediatamente se levantó de la mesa, la abrazó y sonrientemente la llevó a un sitio apartado. Pocos entendieron el incidente, y Lázaro no tenía la mínima intención de aclararlo, muchos sabían de la fama de galán de la que gozaba.

Luego de cumplir un año en la empresa obtuvo sus bien merecidas vacaciones, era el momento preciso para cerrar el círculo de la prostitución, quería pasar dos semanas en las Islas del Caribe y al regresar, cambiar su número telefónico y olvidarse de las tentaciones que Floralícia ponía en sus manos.

La noche antes del viaje, quiso cerrar con broche de oro, aceptó sólo la invitación de una reconocida periodista que él consideraba la más sexy de sus clientes. Tomaron un par de botellas de vino, jugaron en el jacuzzi, y a las 3:00 AM partió a su casa, pues cinco horas más tarde salía su vuelo a Curazao.

Al llegar al aeropuerto, Lázaro tomo su teléfono, ya había extraído del directorio sólo los números que le interesaban, y lo lanzó a la basura. Pasó por todos los controles que amerita una salida al exterior y se sentó a esperar el abordaje del avión.

Minutos más tarde, fue sorprendido por un contingente policial que rápidamente lo abordó y lo sacó esposado…

La reconocida periodista había muerto en su Loft. El personal de seguridad del edificio había señalado a Lázaro como la última persona que había estado junto a ella, información que fue confirmanda por la mejor amiga de la occisa.

Lázaro no tenía ni idea de lo ocurrido, nunca había estado relacionado con problemas legales y estaba desconcertado. Todo apuntaba a él, las huellas, las muestras de semen en la bañera y una foto de él desnudo que la víctima había tomado con su celular.

Por tratarse de una figura pública el incidente salió a la palestra nacional. En menos de 48 horas había perdido su trabajo, su domicilio y la confianza de mucha gente. Era obligado a dar repetidas declaraciones sobre un hecho en el que no había participado, se sentía impotente, solo, y con una incontenible rabia que lo hacía delirar.

Eran demasiadas casualidades juntas, pues había sido él quien compartió los últimos momentos con la periodista, a pocas horas de lo ocurrido intentaba salir del país y se había deshecho del teléfono con dispositivo GPS que le había regalado Floralícia.

Si bien era abogado, la parte penal no era su especialidad, desconocía gran parte de las aristas del caso, y aunque la justicia no era precisamente lo que más identificaba a la ciudad, se encontraba bajo la agravante de que se trataba de una mujer muy conocida, hermana de un importante político.

Había estrictas órdenes de hundirlo en la cárcel, y los organismos de seguridad cumplían a cabalidad los deseos del ministro. Aún así, un mes después de su detención y tras haberle realizado infinidad de exámenes forenses a la occisa. Fue dejado en libertad.

La mujer había perecido ahogada en su jacuzzi a causa de una sobredosis de cocaína, no había manera de inculpar al joven, pues había ocurrido tres horas después que las cámaras de seguridad reflejaran su salida. Al mismo tiempo, la madre de la periodista quiso involucrarse en el caso, conocía lo enamorada que estaba su hija del prostituto, y reconoció el avanzado nivel de dependencia que poseía su hija a las drogas, y era la compañía de Lázaro precisamente lo que calmaba su ansiedad.

Al salir de aquel sitio fue recibido por Floralícia, estaba demacrado y barbudo. Lo peor del caso es que su dignidad y reputación habían sido ensuciadas. No tenía donde vivir, sólo poseía algunas pocas cosas que la conserje del edificio pudo obtener de la prejuiciosa mujer que le alquilaba la habitación. Para su suerte había ahorrado una cantidad de dinero considerable, unos 50.000 dólares.

Durante el tiempo que estuvo en cautiverio, el joven había reflexionado día y noche sobre la vida que debía llevar después de su salida, no tenía ni la más remota idea del tiempo que permanecería allí y existía una gran posibilidad de ser juzgado y trasladado a un sitio peor, pensamientos negativos que se fueron desvaneciendo al recibir la noticia de su salida. Quería un negocio propio, lejos del facilismo y del mundo de lo prohibido.

Floralícia también se vio afectaba con lo ocurrido, su agencia estaba bajo la sombra del escándalo de la muerte de la periodista. Ya nadie solicitaba sus servicios, las falsas amistades que la rodeaban le dieron la espalda, no querían verse involucrados en ninguno de sus asuntos.

Luego de un par de meses conviviendo juntos, Floralícia y Lázaro habían decidido permanecer en Caracas, poco les importaba los estragos de su pasado. Habían aprendido lo suficiente del lado oscuro de la ciudad, la intimidad les mostraba sus lados afables, sus fortalezas y sus ganas de vivir. Nunca se hubieran imaginado que emprenderían una vida juntos, digna, bajo la estabilidad su nuevo proyecto, guiado por su intuición animal; una clínica veterinaria. 

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