Seleccionado para la V SEMANA DE NUEVA NARRATIVA URBANA,
CENTRO CULTURAL CHACAO.
© 2011 Harold Mota
Caracas, Venezuela
Todos los derechos reservados
Registro S.A.P.I. N°
9.065 (PUTOS CUENTOS)
Aún cuando todos se quejan
día a día de la ciudad, Lázaro la sigue viendo como el lugar perfecto donde
siempre ha querido estar. Para él el ruido, el smog y el tráfico se vuelven invisibles
ante el policroísmo de avenidas y edificios, gente elegante y sobre todo la
imponente belleza del Ávila.
No siempre fue así, no tan
agradecido y tan conforme con todo, hubo momentos en donde no encontraba un
sitio agradable, todo le molestaba y le parecía tercermundista.
Adiestrar sus sentidos
para extraer de cada sitio, momento o persona un lado positivo, inquietante o
mágico, le había llevado años de vivencias amargas y difíciles.
Una mañana, Lázaro
amaneció con ganas de no seguir trabajando en la corrompida e ineficiente
oficina pública donde llevaba casi dos años laborando. Trataba de
convencerse a sí mismo de que era el lugar adecuado para cuando obtuviera su
preciado titulo. Al mismo tiempo se repetía - faltan dos años más y para
entonces ya tendré treinta-. El tiempo era un instrumento caprichoso, que se
hacía largo cuando no debía y se acortaba cuando más se le pedía que no lo
hiciera.
Ese día
decidió tragarse su inconformidad y seguir al insípido ritmo en el que dicho
lugar lo sumergía. Se sirvió un café, trabajó como ningún otro día y al
finalizar la jornada recibió su pago. Para él eso representaba un analgésico
que quincenalmente y de manera momentánea sosegaba su dolor moral.
Consideraba que gran parte
de sus compañeros transitaban por la vida sin ver más allá de sus narices.
Nunca entendió porque la gente gastaba la mitad de su pago bebiendo en un bar,
tratando de borrar lo imborrable, tratando de crear un falso sentimiento de
alegría, el cual terminaba doce horas después de haber empezado. Se preguntaba,
¿vale la pena eso? ¿Es por eso que se parte el lomo tanta gente? Pero sabía que
la respuesta era no, se trataba de un cóctel de razones, una guardaba menos
raciocinio que la otra.
Quizá era lo que ellos
habían aprendido y se suponía que debían hacer, tal vez era lo que todo el
mundo hacía, o era el típico comportamiento de quien decide gastar pensando que
de igual manera no valdría la pena abstenerse de eso, pues la vida se encargaba
de recordarles a diario que de ahí no pasarían, que siempre seguirían siendo
los mismos imbéciles que nacieron y morirían pobres, no tendrían por qué execrar
uno de sus pocos placeres, la mal llamada “pea” de quince y último.
Esa no era la vida que
Lázaro quería, sentía que debía ser distinto, tener metas, surgir, levantarse
cada día con un proyecto por concluir y otro por iniciar. A veces pensaba que
aspiraba demasiado, y al final seguía siendo el mismo imbécil con la cabeza en
las nubes. Pero había días que apostaría su propia vida porque eso no fuese
así.
Con un par de billetes
encima y un bolso de mochilero lleno de viejos recuerdos y mucha esperanza,
desembarcó Lázaro en el Terminal de La Bandera. No sabía a
dónde ir, pero sí a donde llegar, probar suerte en Caracas representaba una de
las decisiones más alocadas que en mucho tiempo había tomado. Llevaba consigo
tres herramientas fundamentales; gallardía, fe y su preciado título de abogado.
No quería ser uno más del montón, otro escalón en la escalera de la
incompetencia, un peón legal al servicio de un jefe corrupto.
Esa tarde tenía pensado
asistir a tres entrevistas, decidió hospedarse en el humilde Hotel ABC de la Avenida Lecuna,
una habitación en el último piso, la más alejada, eso le daba una ligera
sensación de seguridad y tranquilidad, sabía que debía ser precavido en esa
zona. Sacó del bolso sólo lo necesario, uso la pesada plancha que llevaba consigo
para engalanar su traje, luego de amarrar su bolso con cadena y candado a la
pata de la cama, se marchó.
En el camino le sonreía a
cuanta persona veía, empezó a sentir que había dado el primer paso hacia la
vida que quería. No le importó el retraso en el Metro ni la incomodidad de su
atuendo, sacó un pañuelo, secó su frente y cedió el puesto a una dama que
llevaba rato viéndolo con cara de misericordia.
De regreso en la noche, se
cruzó con un grupo de trinitenses que estaban reunidos en una esquina, era
gente humilde, joven y con un español poco fluido. En el sector El Conde era
común ver a afrodescendientes de distintas nacionalidades agrupados en pequeños
guetos, Lázaro se decía - vienen de tierras lejanas y han encontrado acá una
forma de vida probablemente con muchas más posibilidades que las que tenían en
sus países-. No los limitó su idioma, raza o religión, decidieron arriesgarse…
Poca gente se percataría
que un vistazo tan corto como ese, dejase tantas imágenes en la mente de un
buen observador, pequeños detalles que se iban incluyendo en el nuevo universo
del joven, y aún más si estos estaban relacionados con sueños y caminos por
descubrir.
Tres días después de haber
llegado a la capital, el teléfono de Lázaro sonó anunciando la tan deseada llamada.
El doctor Pérez le informaba que el próximo lunes debía apersonarse en su
oficina, la cara del joven mostraba una tímida sonrisa gananciosa, a la vez que
empuñaba sus manos y se golpeaba la frente.
En los pocos días que
llevaba en la ciudad había logrado conocer gran parte de ella, su aspecto
neutral lo hacía calar en casi cualquier lugar y circulo social, modestamente
arreglado, una conversación fluida y variopinta, además de su porte de
deportista que lo hacía ver más joven y recio de lo que realmente era.
En una caminata después de
un arduo día de trabajo, tropezó con una hermosa mujer, aparentaba unos
cuarenta años e iba vestida con un elegante vestido negro. Ambos se dirigían al
telecajero de la esquina, él la miró de arriba a abajo e hizo un pequeño gesto
subiendo las cejas, ella permanecía fría e indiferente, tomó su dinero y se
marchó al cafetín del frente, él la siguió y observó que estaba sentada sola en
una mesa limpiando sus lentes oscuros, lo miró y le dijo: “tráeme un mocaccino sin azúcar y siéntate acá”.
Al joven no le causó mayor
impresión aquella actitud, estaba acostumbrado al capricho de las mujeres que
creían tener clase.
Café en mano, se dirigió a
la mesa, tuvo que hacer un gran esfuerzo por no derramar el mocaccino ante el morbo que le causaba
aquella bella mujer, ahora sonriente y abierta a entablar una conversación. Ella
le había propuesto unirse a su agencia de acompañantes, o como ella los llamaba “scorts”. Llevaba años al mando
de una agencia de prostitución de alto nivel, complaciendo las fantasías y
excentricidades de ejecutivas y gente del highclass de Caracas, sólo en lujosos domicilios
y hoteles cinco estrellas.
Él la miró sin mostrar
asombro alguno, había leído y escuchado de hombres que hacían esa clase de
trabajo, de hecho le resultaba tentador pues muchas de sus amantes lo
calificaban como un “depredador perfecto”. Aunque llevaba dos meses trabajando
en una de las más prestigiosas firmas de abogados del Jet Set capitalino, y había logrado
residenciarse en una cómoda habitación de la Avenida Francisco
de Miranda, sentía que para el nivel de vida que deseaba necesitaría más
dinero, la elegante mujer le había puesto en bandeja de plata una jugosa
oportunidad difícil de desperdiciar.
Podía ganar hasta
200 dólares por cliente, sólo tenía que fornicar noche tras noche, sin reparar
en el aspecto físico de la selecta clientela que Floralícia tenía en su poder.
La noche siguiente,
Floralícia lo citó en un prestigioso restaurante de la Calle París,
él llevó uno de los trajes que usaba para el trabajo, se rasuró ligeramente y
se roció perfume en una tienda que estaba a un par de cuadras y en donde las
vendedoras cómplicemente le hicieron el favor.
Al entrar, observó que su
nueva jefa se encontraba en una mesa acompañada de una pareja, una mujer blanca
de unos treinta años y un hombre que la doblaba en edad. Se sentó, le
ofrecieron una copa de vino blanco y charlaron algunos minutos, el servicio
había sido cuadrado en su ausencia, Floralícia le entregó un maletín y se
marchó.
La pareja le pidió a
Lázaro que abriera el maletín, al abrirlo los tres soltaron una carcajada. Todo
estaba perfectamente ordenado, una docena de preservativos, algunos
lubricantes, juguetes sexuales y cuatro billetes de 50 dólares. Se subieron en
un lujoso auto y se fueron a una suite,
no antes de que Lázaro habilidosamente enviara un mensaje de texto a su hermano
con los datos del vehículo; Maserati, color negro, placas GBW 64Z.
Jamás se le hubiera
ocurrido al joven que sería precisamente él el regalo de cumpleaños de la joven
argentina, en un amplio sillón ubicado en el centro de la habitación, la joven
se recostó desnuda, dejando al descubierto su despampanante figura, su esposo
se hallaba sentado en el bar a unos pocos metros fumando marihuana, se dirigió
a Lázaro y le dijo de manera sobria: “hazle todo lo que ella te pida y hazte la
idea de que yo no estoy aquí”.
Obedientemente se puso cómodo y disfrutó su
primera faena sexual, no hubo más palabras, sólo lenguaje corporal y hormonas
trabajando de manera entrelazada a un ritmo perfecto.
Dos horas después recibió
una llamada de Floralícia, ella le dijo: “baja, te estoy esperando en el hall de hotel, te llevaré a tu casa”. Se
despidió como si nadie recordara lo ocurrido, salió del edificio y se subió en el
auto. La piloto le guiño el ojo y entre tantas cosas le recalcó tres reglas:
1. 1. Cuando estés con una cliente hazle sentir que realmente la deseas, métete en el
personaje e imagina que es la mujer con quien mejor hallas hecho el sexo. Al terminar
olvida lo ocurrido, si la vez en la calle salúdala sólo si ella lo hace.
2. 2. Nunca le des tu número telefónico a nadie, conversa de cosas triviales nada
personal y no tomes lo que no te pertenezca.
3. 3. A partir de hoy, para mí y para todas las personas relacionadas con este
trabajo, te llamarás Santiago. El resto es tacto, observación y sentido común,
sé que eres un tipo inteligente, además de simpático.
Había abierto una puerta
que lo llevó a los círculos más cerrados de la ciudad, lujosos hoteles, vinos y
whiskys hasta más no poder, mujeres
hermosas, carros importados y políticos influyentes – casi todos impotentes-.
La doble vida de Lázaro,
lo sumergía en un abismo de frivolidades y materialismo, cosa que empezaba a
incomodarle. Se sentía preso en un mundo lascivo y falso.
Fueron muchas las
experiencias que le toco vivir, mujeres ninfómanas, parejas exageradamente
liberales, damas que no concebían un orgasmo sin estar bajo los efectos de las
drogas, hasta había actuado como psicólogo para aquellas mujeres que no sólo
buscaban sexo, si no compañía y atención, pues muchas de ellas se encontraban
hundidas en la soledad de sus pequeños palacios.
Había muchos asuntos que
empezaban a salírsele de las manos, mujeres que se habían enamorado de él y le
pagaban noches enteras para disfrutar de su compañía. En ocasiones llegaba a su
oficina, somnoliento y ojeroso, hasta el más viril de los seres flaqueaba en
circunstancias como aquellas, su cuerpo y su mente empezaban a pasarle facturas
a causa de los excesos.
¿Y ahora qué hago? Se
preguntaba Lázaro con la manos en la cabeza, aunque ganaba mucho dinero en su
trabajo nocturno, empezaba a sentir que era hora de retirarse. Al mismo tiempo
se daba cuenta que había avanzado muy poco en la
firma de abogados, mientras sus
compañeros se encargaban de grandes casos y se les notaba las ganas de trabajar
y aprender, él iba en declive y sólo hacía cosas tontas que no exigían mayor
responsabilidad.
Tenía algo a su favor,
buenos contactos. Había sido amante de mujeres importantes y empresarias
exitosas, muchas se habían vuelto íntimas amigas de él, paradójicamente le
recomendaban tomar una vida más estable, alejado de todo aquel circo carnal,
siempre terminaban con la misma frase: “cuando decidas hacerlo, no te olvides
de mí”.
En una convención que
congregaba a los grandes bufetes de la ciudad, Lázaro presenció uno de los
incidentes a los que la gente como él no estaban exento. Sentado en una mesa
almorzando con sus colegas y jefes, una voluptuosa dama se le acerca en tono
excéntrico y le dice: “Santiago mi amor, ¿dónde has estado? Que bello estás”.
La cara del joven quedó en asombro por unos escasos segundos, inmediatamente se
levantó de la mesa, la abrazó y sonrientemente la llevó a un sitio apartado.
Pocos entendieron el incidente, y Lázaro no tenía la mínima intención de
aclararlo, muchos sabían de la fama de galán de la que gozaba.
Luego de cumplir un año en
la empresa obtuvo sus bien merecidas vacaciones, era el momento preciso para cerrar
el círculo de la prostitución, quería pasar dos semanas en las Islas del Caribe
y al regresar, cambiar su número telefónico y olvidarse de las tentaciones que
Floralícia ponía en sus manos.
La noche antes del viaje,
quiso cerrar con broche de oro, aceptó sólo la invitación de una reconocida
periodista que él consideraba la más sexy de sus clientes. Tomaron un par de
botellas de vino, jugaron en el jacuzzi, y a las 3:00 AM partió a su casa, pues
cinco horas más tarde salía su vuelo a Curazao.
Al llegar al aeropuerto,
Lázaro tomo su teléfono, ya había extraído del directorio sólo los números que
le interesaban, y lo lanzó a la basura. Pasó por todos los controles que
amerita una salida al exterior y se sentó a esperar el abordaje del avión.
Minutos más tarde, fue
sorprendido por un contingente policial que rápidamente lo abordó y lo sacó
esposado…
La reconocida periodista
había muerto en su Loft.
El personal de seguridad del edificio había señalado a Lázaro como la última
persona que había estado junto a ella, información que fue confirmanda por la
mejor amiga de la occisa.
Lázaro no tenía ni idea de
lo ocurrido, nunca había estado relacionado con problemas legales y estaba
desconcertado. Todo apuntaba a él, las huellas, las muestras de semen en la
bañera y una foto de él desnudo que la víctima había tomado con su celular.
Por tratarse de una figura
pública el incidente salió a la palestra nacional. En menos de 48 horas había
perdido su trabajo, su domicilio y la confianza de mucha gente. Era obligado a
dar repetidas declaraciones sobre un hecho en el que no había participado, se
sentía impotente, solo, y con una incontenible rabia que lo hacía delirar.
Eran demasiadas
casualidades juntas, pues había sido él quien compartió los últimos momentos
con la periodista, a pocas horas de lo ocurrido intentaba salir del país y se
había deshecho del teléfono con dispositivo GPS que le había regalado
Floralícia.
Si bien era abogado, la
parte penal no era su especialidad, desconocía gran parte de las aristas del
caso, y aunque la justicia no era precisamente lo que más identificaba a la
ciudad, se encontraba bajo la agravante de que se trataba de una mujer muy
conocida, hermana de un importante político.
Había estrictas órdenes de
hundirlo en la cárcel, y los organismos de seguridad cumplían a cabalidad los deseos
del ministro. Aún así, un mes después de su detención y tras haberle realizado
infinidad de exámenes forenses a la occisa. Fue dejado en libertad.
La mujer había perecido
ahogada en su jacuzzi a causa de una sobredosis de cocaína, no había manera de
inculpar al joven, pues había ocurrido tres horas después que las cámaras de
seguridad reflejaran su salida. Al mismo tiempo, la madre de la periodista
quiso involucrarse en el caso, conocía lo enamorada que estaba su hija del
prostituto, y reconoció el avanzado nivel de dependencia que poseía su hija a
las drogas, y era la compañía de Lázaro precisamente lo que calmaba su
ansiedad.
Al salir de aquel sitio
fue recibido por Floralícia, estaba demacrado y barbudo. Lo peor del caso es
que su dignidad y reputación habían sido ensuciadas. No tenía donde vivir, sólo
poseía algunas pocas cosas que la conserje del edificio pudo obtener de la
prejuiciosa mujer que le alquilaba la habitación. Para su suerte había ahorrado
una cantidad de dinero considerable, unos 50.000 dólares.
Durante el tiempo que
estuvo en cautiverio, el joven había reflexionado día y noche sobre la vida que
debía llevar después de su salida, no tenía ni la más remota idea del tiempo
que permanecería allí y existía una gran posibilidad de ser juzgado y
trasladado a un sitio peor, pensamientos negativos que se fueron desvaneciendo
al recibir la noticia de su salida. Quería un negocio propio, lejos del
facilismo y del mundo de lo prohibido.
Floralícia también se vio
afectaba con lo ocurrido, su agencia estaba bajo la sombra del escándalo de la
muerte de la periodista. Ya nadie solicitaba sus servicios, las falsas
amistades que la rodeaban le dieron la espalda, no querían verse involucrados
en ninguno de sus asuntos.
Luego de un par de meses
conviviendo juntos, Floralícia y Lázaro habían decidido permanecer en Caracas,
poco les importaba los estragos de su pasado. Habían aprendido lo suficiente
del lado oscuro de la ciudad, la intimidad les mostraba sus lados afables, sus
fortalezas y sus ganas de vivir. Nunca se hubieran imaginado que emprenderían
una vida juntos, digna, bajo la estabilidad su nuevo proyecto, guiado por su
intuición animal; una clínica veterinaria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario